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sábado, 20 de abril de 2013

Pensar en futuro y Ser plural


Pasada la mega-convocatoria del #18A aun sigo pensando que lo que realmente necesitamos es mayor participación formal en los partidos políticos. 

Pienso que tal vez el eje de toda la visión ordenadora pase por la idea de que el quiebre es temporal. No es derecha/izquierda, estatismo/privatización, ideología/gestión, mentira/honestidad...Es pasado/futuro.


Estamos orientados por el futuro. Estamos haciendo algo. Estamos usando este presente de esta manera para lograr determinado futuro. Buscamos ese futuro.

Dicho de otra forma:
Nuestro desarrollo y nuestro trabajo pertenecen al siglo XXI


Nuestras diferencias no son ideológicas, son cronológicas.
Nuestra razón de ser, es ese querer un futuro. 
Todas las cuestiones las debemos pensar, elegir, debatir, desde ese punto de vista.

La política entendida como algo que va desde hoy hacia adelante propone una visión y una realidad revolucionaria y contracultural en la historia argentina.
La política argentina suele ser una acción referida al pasado, en tono de pasado, con temas del pasado y una esperanza reivindicativa.

En el siglo XX la política se hacía de arriba para abajo, del líder a las masas. Es una visión paternalista que necesita la sumisión y la admiración de los seguidores.

En el siglo XXI la política se hace dialogando, de una persona a otra, sin gritar, escuchando al otro. Hoy todos somos alguien, somos equivalentes.


El pluralismo es bueno y si discrepo con alguien, lo debato
Según Philippe C. Schmitter, el pluralismo puede definirse de la siguiente manera:

Sistema de representación de intereses en el que las unidades constitutivas están organizadas en un número no especificado de categorías múltiples, voluntarias, competitivas, no jerárquicamente ordenadas y autodeterminadas, que no están especialmente autorizadas, reconocidas, subsidiadas, creadas o de algún modo controladas por el Estado en la selección de dirigentes o la articulación de sus intereses, y que no ejercen un monopolio de la actividad representativa dentro de sus respectivas categorías.


¿Como hacemos para saber de qué modo se orientara mañana nuestra república?


...es tan incierta y aleatoria la voluntad humana que nadie podría seriamente profetizar el porvenir. Pero la diferencia entre nosotros y los populistas es que nosotros no queremos cristalizar los ideales en dogmas ni imponerlos a la fuerza; será lo que pueda ser y se desarrollara a medida que hombres e instituciones pasen a ser más favorables a la libertad y a la justicia.









sábado, 8 de diciembre de 2012

Liberalismo y romanticismo



El movimiento que apareció contemporáneamente a la Restauración con el nombre de liberalismo no sólo fue una doctrina de la libertad política. Llegó a implicar además una voluntad casi generalizada de adherirse a las instituciones y valores que habían surgido con la Revolución francesa, así como la urgencia de manifestar una férrea oposición a la simple posibilidad de que se retrocediera a la antigua sociedad con la monarquía restaurada. La igualdad civil que reducía a la nobleza a la condición común y la exclusión de cualquier derecho de inspección clerical sobre el gobierno, fueron para la tendencia liberal conquistas tan importantes como el conjunto de libertades civiles garantizados por la Declaración de los Derechos del Hombre. 

Por encima del rechazo de un pasado humillante, el anhelo de libertad constituyó un pregón de fe en el porvenir. Dicho anhelo fue expresado también por la mayoría de las voces que formaron parte del romanticismo. Los escritores románticos, tanto alemanes como franceses, hablaron de "perfectibilidad", refiriéndose con ello al proyecto de dar a luz en esa época a un Hombre libre. De esta manera, el amplio crédito que acabó disfrutando el liberalismo se debió al hecho de que reunía en su seno, junto con la libertad, los elementos de la causa moderna: igualdad y progreso. La libertad, fue sin duda el alma inspiradora de esa doctrina.


El siglo XIX mostró que la existencia de la libre empresa no basta por sí misma para asegurar el respeto de los derechos del hombre. En consecuencia, cuando se habla de liberalismo, es preciso tener en cuenta esa herencia espiritual en toda su extensión, como una filosofía que trata de las relaciones del individuo con el Estado, sin olvidar que la libertad política supone una doctrina de libertad moral. Schiller no difiere en este sentido al afirmar:
"Cuando la Naturaleza aspire a afirmar su multiplicidad en el edificio moral de la sociedad, no rompa en manera alguna la unidad moral. La forma victoriosa se halla tan lejos de la uniformidad como del desorden. Totalidad de carácter ha de tener el pueblo digno y capaz de trocar el Estado de necesidad por el Estado de libertad."

El liberalismo y el romanticismo, en cuanto que profesan la perfectibilidad humana, asientan como aspiración ciertos valores que deben realizarse humanamente, ambos movimientos tuvieron que recurrir al antiguo fundamento trascendente del Bien, aunque de forma distinta a como se había postulado desde la herencia platónica. La libertad, en efecto, mantiene una relación estrecha con el ideal. El impulso que en nosotros la afirma y dignifica es el mismo que nos transporta a una región de existencia superior en la que cesa para siempre la esclavitud frente al instinto.



Ante la naturaleza y la noción de necesidad natural, tanto la actitud del romanticismo como la del liberalismo están constituidas de modo semejante. Existe una curiosa mezcla de adhesión, tienden a salvaguardar la autonomía del hombre. Sin embargo, si el progreso no es otra cosa que el desenvolvimiento de nuestra naturaleza, se corre el peligro de concebirlo como fatal e inexorable. ¿Cómo garantizar entonces que es efectivamente progreso y no desarrollo ciego; que en él se realiza, a medida que se avanza, el proyecto del ideal? A la lógica de la trascendencia se une la convicción de que el tiempo obra en favor del hombre. La gran metamorfosis del mundo que trajo consigo la Revolución francesa representa la prueba triunfal de que el transcurso de la historia posee una dirección: la evolución objetiva que permite identificar lo moral con el progreso, legitimando así el presente como aliado en la causa de la libertad.

No es extraño entonces que románticos y liberales hayan visto la Revolución con buenos ojos por ser un suceso que se había propuesto introducir la justicia en la sociedad, es decir, el imperio de la ley moral en las relaciones mutuas de los ciudadanos y en las del gobierno con los ciudadanos. El progreso moral y material de la civilización es irresistible,  es el destino del género humano.



Cuando se acepta que la soberanía del pueblo es y deber ser ilimitada, se crea en la sociedad un poder excesivamente grande, sin importar ya cuál es la mano que lo maneja. El dominio de la sociedad sobre el individuo no puede franquear legítimamente ciertas fronteras. Hay sin duda una parte de la existencia humana que se conserva a toda costa independiente y que está fuera de cualquier competencia social. La soberanía se manifiesta, pues, de modo limitado y relativo. En el punto donde comienza la independencia de la existencia individual, se detiene la jurisdicción de esa soberanía. Aun el consentimiento de la mayoría no basta para legitimar sus actos. Cuando una autoridad rebasa dichos limites, se llame individuo o nación, se hace tan culpable como el peor de los déspotas.

Así, la idea moderna de libertad se opuso a la idea de libertad expuesta en el Contrato social, ya que en él se estipulaba la alienación de los derechos del individuo en favor de la autoridad colectiva, a cambio de la participación de cada ciudadano en el voto de la ley. Allí se aseguraba, por lo menos, que la colectividad no podría legislar contra los intereses de sus miembros porque todos constituían una voluntad general. Para el siglo XIX, los resultados del proyecto de Rousseau parecieron catastróficos. Extender a todos los rincones privados la competencia de la ley equivalía a organizar metódicamente la tiranía. El mayor de los errores había consistido en divinizar al legislador, fuese éste uno o muchos.


En conclusión, ganó importancia la idea de que debía existir un ámbito donde el poder no incursionara y que la ley no invadiera, bajo pena de una ilegitimidad radical. Este principio se irguió como un auténtico imperativo categórico: es el acto de conciencia mediante el cual cada individuo establece su derecho inalienable.
 Sólo así el principio de libertad adquiere vida y puede realizarse.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Elogio a la Alternancia



La alternancia en el mando o, mejor dicho, en el gobierno, entendiendo por tal al Poder Ejecutivo, es un elemento esencial de la democracia. La continuidad indefinida en sus cargos del o de los mismos titulares del Ejecutivo, aún en el caso hipotético de que ello sea el resultado de un pronunciamiento electoral libre del pueblo, sin coacción ni fraude, es, en principio, un factor negativo y distorsionante para la democracia.

No sólo porque la continuidad indefinida genera peligrosos elementos personalistas y autocráticos que afectan negativamente la existencia de una democracia real, sino porque, además, la no alternancia en el mando, en sí misma y por las necesarias consecuencias que provoca, puede hacer peligrar la realización de comicios libres y sin fraude.

La experiencia histórica mundial ha demostrado con absoluta claridad que el único camino para asegurar el desarrollo, la estabilidad y la supervivencia de un sistema político-institucional es el que asegura la existencia de dos o más fuerzas partidarias de signo diferente que sean capaces de alternarse en el ejercicio del gobierno y que compartan de manera natural los proyectos y objetivos estratégicos de largo plazo propios de la comunidad nacional a la que pertenecen. Esa alternancia sólo estará realmente garantizada en aquellas sociedades que la hayan asumido como un rasgo natural de su cultura ciudadana o política.

En el presidencialismo, ya sea en su forma adoptada por los Estados Unidos, como en el actual modelo constitucional de Rusia, así como en los casos latinoamericanos, en general caracterizados por un predominio político del Poder Ejecutivo, la falta de alternancia en el Gobierno, y la consiguiente continuidad en el Gobierno, con reelección o a sucesivas reelecciones, constituye, en principio, un eventual peligro para la gobernabilidad democrática y para la existencia plena de un Estado de Derecho.


La alternancia en el mando o en el Gobierno es el desempeño sucesivo en el poder o en el Gobierno por personas distintas, pertenezcan o no al mismo partido político.
La alternancia en el gobierno constituye en principio, un presupuesto y una condición de la democracia.

La normal y verdadera alternancia en el gobierno sólo puede existir en sistemas democráticos representativos con multiplicidad de partidos políticos, en los cuales estos se encuentren en un plano de igualdad jurídica no discriminatoria, donde exista un régimen electoral que haga efectivamente posible la rotación de los partidos políticos en el poder y en el que las elecciones sean realmente periódicas y libres, sin fraude ni coacción.

Existe una estrecha relación entre el tema de la alternancia en el gobierno y la cuestión de la no reelección.

La posibilidad jurídica de reelección sucesiva e indefinida del titular del Poder Ejecutivo en un sistema constitucional democrático republicano, afecta negativamente la posibilidad real de alternancia en el mando de las personas, así como la rotación de los partidos en el gobierno y, en consecuencia, esta posibilidad puede contribuir a dificultar la existencia y funcionamiento de una democracia real.

La alternancia en el poder es un factor clave, decisivo y fundamental de toda democracia desarrollada, ya que permite una sana crítica a la administración anterior y muestra desafíos por cumplir a la administración electa recientemente porque ya no está en papel de crítico-opositor sino que está en un papel ya propiamente de administrador ante todos los desafíos, problemas, expectativas y demás situaciones que solamente estando al frente de un cargo público se pueden visualizar, además permite a los electores-ciudadanos compararlo con la administración anterior...

viernes, 14 de septiembre de 2012

Sobre (y contra) el populismo

La situación política actual es alarmante, términos como REPÚBLICA, DEMOCRACIA, LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD...han quedado en pura teoría, pisoteados por el irresponsable uso del poder por parte de personajes personalistas y populistas, que rozan en sus acciones con el totalitarismo.
Los personajes populistas se caracterizan porque afirman enfocarse en el pueblo y velar por este. El populismo está referido a la medidas que toma un político, buscando la aceptación de los votantes. Ademas, el gobernante populista exige ser tratado como un monarca absolutista. Por ejemplo en Venezuela el actual presidente amenaza con una guerra civil en caso de perder el cargo que ostenta desde hace ya largos años; y en mi país, Argentina, hay que tenerle miedo a DIOS y a ELLA (un poquito)...

Si el calendario no se equivoca estamos en el año 2012, siglo XXI; aunque a veces pareciera que hemos retrocedido 1000 años a épocas feudales y oscuras. Hemos olvidado que el avance y el progreso fue gracias al derecho a disentir. Disentir en estos territorios populistas de hoy en día equivale a convertirse en enemigos de la patria. Desde el poder se plantea una batalla cultural, donde quien critica es destituyente, donde se usan ilógicos argumentos para fundamentar decisiones caprichosas en nombre de la mayoría, una mayoría sin voz. 

Puede que el populismo se radicalice y logre, tanto mediante reformas institucionales como mediante recursos no institucionalizados, como la formación de redes clientelares, un escenario donde, si bien se mantiene el funcionamiento de las instituciones republicanas, es extremadamente difícil que el gobierno pierda una elección. Esto derivaría en la "institucionalización" del populismo y en lo que Sartori denominó como sistema pluripartidista con partido hegemónico.

Puede haber diversos motivos por el cual el populismo no se deshace totalmente de los elementos republicanos de la democracia (a diferencia del fascismo, cuya ideología democrática es absolutamente anti-republicana). Pero lo cierto es que su estrategia consiste en jugar con los vacíos legales, en cierta transgresión controlada de la ley, en las reformas institucionales y, por supuesto, en el uso irrestricto de todos los recursos discrecionales con los que cuenta desde el manejo del Estado. El populismo no proclama desobedecer a las instituciones, pero muestra desinterés en respetarlas y fortalecerlas. Esto se traduce en acciones que, si bien no son claramente ilegales, transgreden el espíritu de las instituciones. A menudo se emprenden reformas institucionales que, aprovechando el predominio político, hacen que ciertas instituciones sean funcionales al poder político.


Ningún país en la actualidad alcanza el ideal de democracia, que es una utopía teórica. Alcanzar el ideal requiere cumplir 5 criterios:
1. Participación efectiva: Los ciudadanos deben tener oportunidades iguales y efectivas de formar su preferencia y lanzar cuestiones a la agenda pública y expresar razones a favor de un resultado u otro.

2. Igualdad de voto en la fase decisoria: Cada ciudadano debe tener la seguridad de que sus puntos de vista serán tan tenidos en cuenta como los de los otros.

3. Comprensión informada: Los ciudadanos deben disfrutar de oportunidades amplias y equitativas de conocer y afirmar qué elección sería la más adecuada para sus intereses.

4. Control de la agenda: El Demos o el pueblo deben tener la oportunidad de decidir qué temas políticos se someten y cuáles deberían someterse a deliberación.

5. Inclusividad: La equidad debe ser extensiva a todos los ciudadanos del estado. Todos tienen intereses legítimos en el proceso político.

Los gobiernos son representantes de la sociedad en su conjunto, entonces el cambio debe darse en la consciencia de cada individuo, necesitamos una sociedad abierta.
     

Sociedad abierta es un término introducido por el filósofo Henri Bergson. De acuerdo a él, esas sociedades tienen gobiernos que son tolerantes y responden a los deseos e inquietudes de la ciudadanía con sistemas políticos transparentes y flexibles. Los órganos del Estado no mantienen secretos entre sí o del público. Ni el gobierno ni la sociedad son autoritarios y el conocimiento común o social pertenece a todos. La libertad y los derechos humanos son el fundamento de la sociedad abierta.


El humanitarismo, la búsqueda por la igualdad, las libertades políticas y el uso de la razón son parte fundamental de una sociedad abierta. 
Tales condiciones fueron ya reconocidos por Pericles; de quien se dijo (en su oración funebre): 

"Nuestra administración favorece a la mayoría y no a la minoría: es por ello que la llamamos democracia. Nuestras leyes ofrecen una justicia equitativa a todos los hombres por igual .. pero esto no significa que sean pasado por alto los derechos del mérito. Cuando un ciudadano se distingue por su valía, entonces se lo prefiere para las tareas públicas, no a manera de un privilegio, sino de un reconocimiento de sus virtudes y en ningún caso constituye obstáculo la pobreza.... La libertad de que gozamos abarca también la vida corriente.... pero esa libertad no significa que quedemos al margen de las leyes. A todos se nos ha enseñado a respetar a los magistrados y a las leyes y a no olvidar que debemos proteger a los más débiles. Y también se nos enseña a observar aquellas leyes no escritas cuya sanción solo reside en el sentimiento universal de lo que es justo...

domingo, 9 de septiembre de 2012

Liberalismo - Orígenes de un impulso

Tal vez lo primero que hay que señalar a la hora de hablar acerca del liberalismo versa sobre la curiosa aparición del término en la historia del pensamiento político. Si uno está tentado muchas veces a denominar liberales a autores como John Locke, Montesquieu, Adam Smith o Kant, no se puede olvidar que estos nunca se vieron a sí mismos de ese modo. Hubiese sido imposible, ya que ni el término ni su significación esencial se manejaban por entonces. El liberalismo — como término político— aparece a comienzos del siglo XIX, justamente en el apogeo del movimiento romántico, e irá constituyendo su significado básico al ubicarse como una alternativa política tanto al republicanismo o democratismo radical que se identificaba con el fracaso jacobino, como contra las restauraciones absolutistas que siguieron a la derrota de Napoleón.



El adjetivo liberal entra a formar parte del lenguaje político con las Cortes Constituyentes de Cádiz entre 1810 y 1812, que continuaron la guerra contra la invasión napoleónica y establecieron un régimen constitucional en España de inspiración ilustrada. Fernando VII, tras volver al trono, suprimió la constitución y estableció su monarquía absoluta. "Alrededor de 1820, el término liberal comenzó a circular en Europa (en la versión francesa libéraux o en la española liberales) para referirse a los españoles rebeldes de la época. Hasta mediados del siglo XIX no fue aceptado en Inglaterra como inglés y digno de elogio" (Giovanni Sartori).

Para Giovanni Sartori, aunque el discurso liberal ha sido el impulso ideológico más importante de la civilización occidental durante los últimos cuatrocientos años, la denominación (el nombre abstracto) se implantó unos tres siglos después de la aparición de la propia doctrina liberal, la cual promovía la supremacía de la ley y el Estado constitucional. Así, paradojicamente, en algunos países — por ejemplo Alemania— la gente empezó a hablar de liberalismo cuando había dejado o estaban dejando de ser liberales.
En otros lugares, especialmente en Estados Unidos, la palabra liberal no llegó nunca a ser un término con historia y contenido.


El rastreo histórico de Sartori de la doctrina liberal confunde algunos aspectos, pues no se puede entender la aparición y el sentido esencial del liberalismo — como alternativa política— antes de la experiencia jacobina. De hecho, la búsqueda de un Estado constitucional, donde el gobierno se sujeta al imperio de la ley, ya era una bandera republicana contra las monarquías absolutas o cualquier tipo de gobierno despótico. Así lo fue en la independencia norteamericana y en la Revolución Francesa.

En este sentido, el liberalismo no podía aportarle nada al ideario político republicano. El liberalismo sólo pudo encontrar su camino singular después de que los jacobinos aportaran su perspectiva al ideal de la voluntad general y del imperio de la ley. Entonces surgió la necesidad de diferenciar la libertad de los antiguos de la libertad de los modernos, Locke de Rousseau, el burgués del ciudadano. De hecho, el panfleto liberal por excelencia sigue siendo la conferencia que Benjamin Constant pronunció en el Ateneo de París en febrero de 1819.


Pero las vicisitudes históricas del término sólo nos interesan en tanto que sirven para esclarecer algunos aspectos fundamentales de la doctrina liberal relacionados con la tolerancia y la diferencia, cuestiones que se entienden mucho mejor si nos percatamos de su relación con el contexto del movimiento romántico:

a) El elemento definitorio básico del liberalismo es su defensa constante de la persona contra la influencia y el poder coercitivo, ya sea del Estado, ya sea de la sociedad. Por ello se recalca la necesidad imperiosa de defender un espacio privado para el desarrollo de la individualidad.

Luego del famoso trabajo de Isaiah Berlin, ‘Two Concepts of Liberty’, esta idea se relaciona con un concepto de libertad negativa, que busca proteger un ámbito en el que las personas pueden hacer lo que ellas quieren, sin interferencia por parte de otras. Así, por ejemplo, se puede ver a Locke trabajando sobre la fijación de límites al poder arbitrario de los gobernantes y a Stuart Mill luchando contra la opresión de las mayorías, la opinión pública o cualquier otra influencia generalizadora de las voluntades personales.

En palabras de Carlos Nino, el liberalismo defiende el "principio de autonomía de la persona", el cual prescribe que siendo valiosa la libre elección individual de planes de vida y la adopción de ideales de excelencia humana, ni el Estado ni los demás individuos deben interferir en ello, limitándose a diseñar instituciones que faciliten la persecución individual de esas elecciones y la satisfacción de los ideales de virtud que cada uno sustente e impidiendo la interferencia mutua en el curso de tal persecución.

b) En directa vinculación con este respeto al principio de autonomía de la persona, el liberalismo entiende que su doctrina promoverá la existencia de nuevas identidades sociales, que seguramente se autoafirmen, diferencien, e incluso contrapongan. Esta diversidad y disenso no se entienden como un mal sino, todo lo contrario, como un bien.

La individualidad, tanto de los distintos individuos, de los grupos o de las naciones, tiene derecho a la libre manifestación.

"La génesis ideal de las democracias liberales se halla en el principio de que la diferencia, no la uniformidad, es el germen y el alimento de los Estados(...) En términos generales, hasta el citado siglo, la diversidad era considerada fuente de discordias y de desorden, causante de la caída de los Estados; y la unanimidad, el fundamento necesario de toda comunidad política. Desde entonces fue imponiéndose la actitud opuesta y la unanimidad comenzó a considerarse sospechosa. El sistema político moderno y liberal se construyó sobre la base de una concordia discors, de un consenso del desacuerdo".

En oposición, la alternativa de la "voz" para emanciparnos de una situación opresiva se realiza por la expresión de nuestras opiniones desfavorables hacia tal estado de cosas, por la petición de un cambio de rumbo a los demás involucrados en la relación. Los ejemplos, que se asocian mucho mejor con las instituciones políticas por excelencia — asambleas, juntas o congresos— , pueden abarcar el amplio espectro que va del diálogo a la protesta, pasando por el debate y la discusión.


Podemos comprender, en consecuencia, que para la tradición liberal la realización de la libertad y la búsqueda de la felicidad se expresan mucho mejor en la capacidad para deshacernos de los perjuicios implícitos en los condicionamientos de los otros que en cualquier otro fenómeno humano.

"El liberalismo es mejor comprendido como una teoría de la relacionalidad que tiene a la asociación voluntaria como centro y que entiende la voluntariedad como el derecho de ruptura o retiro" (Walzer, 1996).

viernes, 10 de agosto de 2012

Todos somos LIBERALES (Mario Vargas Llosa)

La palabra de moda es liberal. Pasa con ella lo que, en los sesenta, con las palabra socialista y social, a las que todos los políticos y los intelectuales se arrimaban, pues, lejos de ellas, se sentían en la condición de dinosaurios ideológicos. El resultado fue que corno todos eran socialistas o, por lo menos, sociales o socialdemócratas, social cristianos, social progresistas” aquellas palabras se cargaron de imprecisión. Representaban tal mezcolanza de ideas, actitudes y porqués que dejaron de tener una significación precisa y se volvieron estereotipos que adornaban las solapas oportunistas de gentes y partidos.


Ahora todos somos liberales. Lo que equivale a nadie es liberal. Para algunos, liberal y liberalismo tienen una exclusiva connotación económica y se asocian a la idea del mercado y la competencia. Para otros es una manera educada de decir conservador, e incluso troglodita. Muchos no tienen la menor sospecha de lo que se trata, pero comprenden, eso si, que son palabras de fogosa actualidad política, que hay, por tanto, que emplear (exactamente como en los cincuenta había que hablar de compromiso; en los sesenta, de alineación; en los setenta, de estructura, y en los ochenta de perestroika).

Si uno quiere ser entendido cada vez que emplea los vocablos liberal y liberalismo conviene que los acompañé de un predicado especificando que pretende decir al decirlos. Ello es necesario para salir al fin del embrollo político-lingui­stico en el que hemos vivido gran parte de nuestra vida independiente.

Los liberales del siglo XIX, en América Latina, fueron individuos y partidos que se enfrentaban a los llamados conservadores en nombre del laicismo. Combatían la religión de Estado y querían restringir el poder pol­itico y a veces económico de la Iglesia, en nombre de un abanico de mentores Ideológicos desde Rosseau y Montesquieu hasta los jacobinos y enarbolaban las banderas de la libertad de pensamiento y de creencia, de la cultura laica, contra el dogmatismo y el oscurantismo de la ortodoxia religiosa.

Hoy podemos damos cuenta que, en esa batalla de casi un siglo, tanto liberales como conservadores quedaron entrampados en un conflicto monotematico excéntrico a los grandes problemas: ser adversarios o defensores de la religión católica. Así contribuyeron decisivamente a desnaturalizar las palabras, las doctrinas y valores implícitos a ellas con que vesta­ a sus acciones políticas.

Lo cierto es que el pensamiento liberal estuvo siempre contra el dogma contra todos los dogmas, incluido el dogmatismo de ciertos liberales pero no contra la religión católica ni ninguna otra y que mas bien la gran mayori­a de filósofos y pensadores del liberalismo fueron y son creyentes y practicantes de alguna religión. Pero si se opusieron siempre a que, identificada con el Estado, la religión se volviera obligatoria: es decir, que se privara al ciudadano de aquello que para el liberalismo es el mas preciado bien: la libre elección. Ella esta¡ en la raíz del pensamiento liberal, así como el individualismo, la defensa del Individuo singular de ese espacio autónomo de la persona para decidir sus actos y creencias que se llama soberanía, contra los abusos y vejámenes que pueda sufrir de parte de otros individuos o de parte del Estado, monstruo abstracto al que el liberalismo, desde el siglo XVIII señalo como el gran enemigo potencial de la libertad humana al que era imperioso limitar en todas sus Instancias para que no se convirtiera en un Moloch devorador de las energías y movimientos de cada ciudadano.

La critica del Estado grande como fuente de injusticia e ineficiencla de la doctrina liberal tiene en nuestros países vigencia dramática. Unos más, unos menos, todos padecen un gigantismo estatal del que han sido tan responsables nuestros llamados liberales como los conservadores. todos contribuyeron a hacerlo crecer, extendiendo sus funciones y atribuciones, cada vez que llegaban al gobierno, porque, de ese modo, pagaban a su clientela, podían distribuir prebendas y privilegios, y, en una palabra, acumulaban más poder.

De ese fenómeno han resultado muchas de las trabas para la modernización de América Latina: el reglamentarismo asfixiante, esa cultura del tramite que distrae esfuerzos e inventivas que deberían volcarse en crear y producir, la inflación burocrática que ha convertido a nuestras instituciones en paquidermos ineficientes y a menudo corrompidos; esos vastos sectores públicos expropiados a la sociedad civil y preservados de la competencia, que drenan inmensos recursos a la sociedad, pues sobreviven gracias a cuantiosos subsidios y son el origen del crónico déficit fiscal y su correlato: la Inflación.

El liberalismo está contra todo eso, pero no está contra el Estado, y en eso se diferencia del anarquismo, que quisiera acabar con aquél. Por el contrario, los liberales que no sólo aspiran a que sobrevivan los estados sino a que ellos sean lo que precisamente no son en América Latina: capaces de hacer cumplir las leyes y de prestar aquellos servicios, como administrar Justicia y preservar el orden público, que les son inherentes. Porque existe una verdad poco menos que axiomática: que mientras más grande es el Estado, es más débil, más corrupto y menos eficaz.

Es lo que pasa entre nosotros. El Estado se ha arrogado toda clase de tareas, muchas de las cuales estarían mejor en manos particulares, como crear riqueza o proveer seguridad social. Para ello ha tenido que establecer monopolios y controles que desalientan la iniciativa creadora del individuo y desplazan el eje de la vida económica del productor al funcionario, alguien que, dando autorizaciones y firmando decretos, enriquece, arruina o mantiene estancadas a las empresas. Este sistema enerva la creación de riqueza, pues lleva al empresario a concentrar sus esfuerzos en obtener prebendas de poder pol­itico, a corromperlo o aliarse con él, en vez de servir al consumidor. Pero además, el mercantilismo provoca una progresiva pérdida de legitimidad de ese Estado al que el grueso de la población percibe como una fuente continua de discriminación o Injusticia.


miércoles, 20 de junio de 2012

Día de la Bandera Nacional Argentina

La actual bandera de la Argentina está basada en la bandera creada por Manuel Belgrano, quien la diseñó con los colores de la escarapela nacional, celeste y blanca, y que enarboló por primera vez en la ciudad de Rosario el 27 de febrero de 1812 para utilizarla en el ejército de su mando (lo cual fue desautorizado por el gobierno).



En 1812, las tropas a las órdenes de Manuel Belgrano comenzaron a utilizar una escarapela bicolor azul-celeste y blanco. El mismo Belgrano expresó en un informe oficial que no usaba el rojo "para evitar confusiones", ya que los ejércitos "realistas" (es decir, los españoles y sus adictos) usaban ese color. El 13 de febrero de 1812 Belgrano propuso al gobierno la adopción de una escarapela nacional para los soldados y 10 días después la adoptó luego de que el 18 de febrero de 1812 la Junta declarara abolida la escarapela roja y reconoció la blanca y celeste.


La bandera
El 27 de febrero de 1812, Belgrano estableció dos baterías de artillería en ambas orillas del río Paraná, próximas a la entonces pequeña población conocida como Villa del Rosario (la actual ciudad de Rosario). En esa misma fecha, hacia las 18:30 hs, y en solemne ceremonia, Belgrano dispuso que sea por primera vez enarbolada una bandera de su creación (se presume que de dos franjas horizontales, blanca la superior y celeste la inferior). La tradición señala que esa primera bandera izada por Belgrano fue confeccionada por una vecina de Rosario: María Catalina Echevarría de Vidal, y quien tuvo el honor de izar la enseña fue un civil, Cosme Maciel, también vecino de Rosario. En esta ciudad se encuentra el Monumento Histórico Nacional a la Bandera asentado en el Parque Nacional a la Bandera.



Palabras de Belgrano:¡Soldados de la Patria! En este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro Excmo. Gobierno: en aquel, la batería de la "Independencia", nuestras armas aumentaran las suyas; juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo "¡Viva la Patria!"

El Gobierno Nacional el 3 de marzo de 1812 prohibió al general Belgrano utilizarla, por razones de política internacional, ordenándole que la ocultara disimuladamente y que la reemplazase por la usada en la Fortaleza de Buenos Aires (la rojigualda). Como Belgrano partió hacia el norte para hacerse cargo del Ejército del Norte, no tomó conocimiento de la orden de desechar la bandera. Luego de avanzar a San Salvador de Jujuy, el 25 de mayo de 1812 celebró el segundo aniversario de la Revolución de Mayo con un Te Deum en la iglesia matriz, durante el cual el canónigo Juan Ignacio Gorriti la bendijo. El 29 de mayo Belgrano informó al gobierno:

(...) el pueblo se complacía de la señal que ya nos distingue de las demás naciones (...)

El Triunvirato amonestó por ello a Belgrano el 27 de junio, quien contestó el 18 de julio diciendo:

La guardaré silenciosamente para enarbolarla cuando se produzca un gran triunfo de nuestras armas.

El 24 de julio la entregó al Cabildo de Jujuy. El triunfo lo obtuvo él mismo el 24 de septiembre de 1812 en la Batalla de Tucumán.

En enero de 1813 Belgrano volvió a confeccionar otra bandera, lo cual fue aceptado por la Asamblea del Año XIII al iniciar sus deliberaciones el 31 de enero de 1813, siempre y cuando fuera sólo usada como bandera del Ejército del Norte, y no del estado.

El 13 de febrero de 1813 después de cruzar el río Pasaje (desde entonces llamado también Juramento), el Ejército del Norte juró obediencia a la Asamblea del Año XIII mientras el Barón de Holmberg sostenía una bandera celeste y blanca.

El 20 de febrero de 1813 se libró la Batalla de Salta, en la cual Belgrano logró un triunfo completo. Esta es la primera batalla que fue presidida por la bandera celeste y blanca, como bandera del Ejército del Norte. Fue usada durante la Segunda expedición auxiliadora al Alto Perú hasta la Batalla de Ayohuma el 13 de noviembre de 1813.




La bandera fue adoptada oficialmente como símbolo de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 20 de julio o 25 de julio de 1816 por el Congreso General Constituyente de San Miguel de Tucumán. Es el mismo Congreso que había proclamado el 9 de julio de 1816 la Independencia argentina. En dicho Congreso participaron diputados que representaron a Tarija y otras zonas al norte de Argentina, actual Bolivia. En esa sesión se confirmó el uso de la bandera creada por Manuel Belgrano como la única bandera de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta bandera es la que la República Argentina recibió en herencia.

viernes, 25 de mayo de 2012

HOMBRES DE MAYO (LIBERTAD)





Primera Junta Patria


En estos días que transcurren conmemoramos un acontecimiento fundacional del sentido de LIBERTAD en Latinoamerica. 

Dicho acontecimiento fue llevado a cabo por hombres que, sin tener nada diferente o especial en particular, lograron unirse bajo un ideal común de Independencia y Libertad. 
Pero estos hombres no lograron esto de la nada o de un momento para otro, para poder entender porqué lo hicieron y porqué surgieron, es necesario, primeramente, conocer los motivos políticos, sociales y económicos que los provocaron.

El mundo a principios del siglo XVIII, estaba gobernado por monarquías europeas (Inglaterra, Francia, España, Portugal, etc.), las cuales ejercían monopolios económicos y culturales, causando explotación, servidumbre y pobreza, lo que llevó a un creciente descontento de los pueblos. 
Muchos optaban por emigrar hacia otras tierras, América del Norte por ejemplo, buscando un lugar en donde poder tener mas derechos y libertades.

Así, a mediados del sigo XVIII, surgen en el continente europeo, Sociedades con pensamiento Liberal, compuesta por hombres que se unían para enfrentar a estos sistemas de gobierno totalmente degradantes de la condición humana, cuyo primer y gran logro fue la Revolución Francesa. 
Mientras tanto, en el Territorio Americano, hombres cultos y prominentes de la sociedad no eran ajenos a estos acontecimientos europeos, ni al descontento y sentimiento contrario a las monarquías, los cuales ellos mismos fomentaban.
 Hombres que soñaban y anhelaban poder concretar en estas tierras lo acontecido en Europa, lo que traería el ansiado, progreso, autonomía y bienestar. 
Surgen así, grupos de hombres unidos en la acción, que soñaron, idearon y diseñaron una América Grande, siguiendo también un Plan Político Global de Liberación e Independencia de las coronas.

Las Independencias Americanas se lograron casi simultáneamente y, estos hombres, levantando las banderas de la Revolución Francesa  de LIBERTAD, IGUALDAD Y FRATERNIDAD, las llevaron a los pueblos colonizados de esta parte del mundo. La Gran Gesta Histórica, ya estaba en marcha.

Hablando ya específicamente de nuestras tierras, surge en Buenos Aires, la llamada "Sociedad de los Siete", sobre la cual  toda la Gesta de Mayo, esta basada. 

Los integrantes de esta Sociedad, eran hombres tales como los hermanos Rodríguez Peña, Berutti, French, Belgrano, Paso, Viamonte, Alberti, Vieytes, Guido, Terrada, Castelli, Donado, Moldes, Moreno, Pueyrredón y Saavedra, entre otros,  si bien eran de extracciones, intereses, objetivos e ideologías muy diversas, se encontraban unidos por un ideal común, el nacimiento de una Nación Libre, Justa y Soberana. 




Manuel Belgrano


Castelli


French


Rodriguez Peña


Cornelio Saavedra

Esto es lo que estableció la diferencia entre éstos hombres y los criollos comunes, quienes vieron producirse los acontecimientos al margen de las circunstancias, lo que queda perfectamente expresado,en aquella simbólica frase de que "...el Pueblo quiere saber de que se trata...".

Lo cierto es que siempre, en todas las épocas, hubo hombres inteligentes, de pensamiento libre y decididos, capaces de movilizar la historia a la altura de sus dignidades, a pesar de sus virtudes y defectos de hombres comunes, pero elevados en su pensamiento y en su corazón, los que fueron capaces de realizar hazañas que los proyectaron en la historia como superhombres, siendo, en su naturaleza, simplemente seres humanos con ideales. 




Recordamos a estos hombres, hoy en día, en estas fechas tan significativas, no sólo con el objeto de idealizar sus obras, lo cual esta bien, ya que son dignos de nuestra honra y agradecimiento constantes, sino especialmente con el sentido de tomar conciencia acerca de nuestro legado histórico, y en tal sentido, esta recordación, no sólo es importante sino impostergable, puesto que "... aquellos Pueblos que reniegan de su historia, están condenados a vivirla continuamente, sin evolucionar...".
Lo importante de ello es ver, en nuestro corazón, si estamos a la altura de aquellas dignidades, igualmente con nuestras propias virtudes como con nuestros errores, puesto que aquellos hombres en tal sentido no eran, en absoluto, diferentes a nosotros, pero estamos aquí no sólo para exaltar aquellas acciones, sino para reflexionar acerca del Legado Histórico que ellos nos han dejado respecto de aquél, que nosotros mismos, desde el lugar que nos toca vivir, estamos construyendo para nuestra posteridad. 
Cada una de las escarapelas que llevamos en nuestro pecho, como emblema de los acontecimientos de aquellos días, refleja la sangre, el pensamiento y el drama que vivieron aquellos Hombres Simples, tras la búsqueda de sus Ideales Enormes, y que tras la acción de realizarlos terminaron siendo ellos tan enormes en nuestro corazón como en la historia, aunque sus vidas individuales, hayan continuado siendo tan simples y tan comunes como cada una de las nuestras.

La reflexión final que nos debe dejar en el alma la hazaña de estos Hombres de Mayo, es el hecho de llevar,  continuamente en nuestro interior, estas escarapelas, no solo como signo de una circunstancia vivida por la Nación en su pasado, sino como Símbolos Vivientes, que cada uno de nosotros somos, de la realidad de una sociedad, que se halla en continuo perfeccionamiento de aquellos ideales que nos fueron forjados. 
Estas celebraciones buscan enseñarnos a reflexionar que, entre nosotros deberían encontrarse los actuales  “...Hombres y Mujeres de Mayo...", que el futuro juzgará, a través de nuestra historia por devenir. 

sábado, 3 de marzo de 2012

LA VIRTUD POLÍTICA Y EL HOMBRE DE BIEN, por Montesquieu

Los políticos griegos, que vivían en un gobierno popular, no reconocían más fuerza para sostenerlo que la virtud. Los políticos de hoy no nos hablan más que de fábricas, de comercio, de finanzas, de riquezas e incluso de lujo. Cuando la virtud deja de existir, la ambición entra en los corazones capaces de recibirla y la codicia se apodera de todos los demás. Antes, los bienes de los particulares constituían el tesoro público, pero en cuanto la virtud se pierde, el tesoro público se convierte en patrimonio de los particulares. La República es un despojo y su fuerza ya no es más que el poder de algunos ciudadanos y la licencia de todos.
LA VIRTUD POLÍTICA ES EL AMOR A LA PATRIA Y A LA IGUALDAD
A tener en cuenta:
1º. Que lo que llamo virtud en la república es el amor a la patria, es decir, el amor a la igualdad. No se trata de una virtud moral ni tampoco de una virtud cristiana, sino de la virtud política. En este sentido se define como el resorte que pone en movimiento el gobierno republicano, del mismo modo que el honor es el resorte que mueve a la monarquía. Así, pues, he llamado virtud política al amor a la patria y a la igualdad.

2º. Se debe tener en cuenta que hay gran diferencia entre decir que determinada cualidad, modificación del alma o virtud, no es el resorte que impulsa a un Gobierno y decir que tal cosa no existe en dicho Gobierno. Si yo afirmara que una rueda o un piñón determinados no son el resorte que pone en movimiento a un reloj, ¿se podría colegir que ambos no se encuentran en él? Las virtudes morales y cristianas no están excluidas de la Monarquía, como tampoco lo está la virtud política. En una palabra: aunque la virtud política sea el resorte de la República, el honor se encuentra también en ella. Y del mismo modo, aunque el honor sea el resorte de la Monarquía, en ella existe igualmente la virtud política.

Por último, el hombre de bien de quien se trata aquí, no es el hombre de bien cristiano, sino el hombre de bien político, que posee la mencionada virtud política. Es el hombre que ama las leyes de su país y que obra por amor a ellas.

LA VIRTUD, EL PRINCIPIO O RESORTE QUE MUEVE A LA DEMOCRACIA

La diferencia entre la naturaleza del Gobierno y su principio es la siguiente: la naturaleza es lo que lo hace ser tal; el principio, lo que lo hace actuar; la naturaleza es su estructura particular; el principio, las pasiones humanas que lo ponen en movimiento.

Ahora bien: las leyes no deben ser menos relativas al principio de cada Gobierno que a su naturaleza. Hay que buscar, pues, cuál es dicho principio, cosa que voy a hacer en este libro.

He dicho que la naturaleza del Gobierno republicano consiste en que el pueblo en cuerpo, o ciertas familias, tenga el poder soberano. La del Gobierno monárquico, en que el príncipe tenga el poder soberano, pero que lo ejerza según las leyes establecidas. La del Gobierno despótico, en que gobierne uno solo según su voluntad y capricho. No necesito más para encontrar los tres principios, puesto que se derivan, naturalmente, de todo lo dicho. Empezaré por el gobierno republicano y hablaré primeramente del democrático.

No es menester mucha honradez para que un Gobierno monárquico o un Gobierno despótico se mantengan o se sostengan. En uno, la fuerza de las leyes, y en otro, el brazo del príncipe siempre levantado, bastan para regular y ordenar todo. Pero en un estado popular es necesario un resorte más: la virtud.

Lo que digo está confirmado por la historia y es conforme con la naturaleza de las cosas. Es evidente que en una monarquía se necesita menos virtud que en un gobierno popular, ya que en una monarquía el que hace observar las leyes está por encima de ellas, mientras que en el gobierno popular se siente sometido a ellas y sabe que ha de soportar todo su peso.

Es evidente también que el monarca que, por mal consejo o por negligencia, descuida el cumplimiento de las leyes, puede fácilmente reparar el mal con sólo cambiar de consejo o corregirse de su negligencia. Pero cuando en un gobierno popular las leyes dejan de cumplirse, el Estado está ya perdido, puesto que esto sólo ocurre como consecuencia de la corrupción de la República.

Fue un bello espectáculo ver los esfuerzos impotentes de los ingleses en el siglo pasado, para establecer entre ellos la democracia. Como los que participaban en los negocios carecían de virtud, como su ambición se exasperaba por el éxito del más osado (Cromwell) y como el espíritu de una facción sólo estaba reprimido por el de otra, el Gobierno cambiaba sin cesar. El pueblo, asombrado, buscaba la democracia sin encontrarla en parte alguna. Por fin, después de muchos movimientos, choques y conmociones, hubo que descansar en el mismo Gobierno que antes se había proscrito.

¡DESDICHADOS LOS QUE QUIEREN SER LIBRES ANTES DE ESTABLECER LA LIBERTAD!

Cuando Sila quiso devolver la libertad a Roma, ésta ya no pudo recibirla porque no le quedaba más que un débil resto de virtud; y como cada vez tenía menos, en lugar de despertar después de César, Tiberio, Cayo, Claudio, Nerón oDomiciano, se fue haciendo cada día más esclava: todos los golpes cayeron sobre los tiranos, ninguno sobre la tiranía.

Los políticos griegos, que vivían en un gobierno popular, no reconocían más fuerza para sostenerlo que la virtud. Los políticos de hoy no nos hablan más que de fábricas, de comercio, de finanzas, de riquezas e incluso de lujo.

Cuando la virtud deja de existir, la ambición entra en los corazones capaces de recibirla y la codicia se apodera de todos los demás. Los deseos cambian de objeto: lo que antes se amaba, ya no se ama; si se era libre con las leyes, ahora se quiere ser libre contra ellas; cada ciudadano es como un esclavo escapado de casa de su amo; se llama rigor a lo que era máxima; se llama estorbo a lo que era regla; se llamatemor a lo que era cuidado. Se llama avaricia a la frugalidad y no al deseo de poseer. Antes, los bienes de los particulares constituían el tesoro público, pero en cuanto la virtud se pierde, el tesoro público se convierte en patrimonio de los particulares. La República es un despojo y su fuerza ya no es más que el poder de algunos ciudadanos y la licencia de todos.

Atenas no perdió su fuerza mientras dominó con gloria y sirvió con vergüenza. Tenía veinte mil ciudadanos cuando defendió a los griegos contra los persas, cuando disputó el imperio a Lacedemonia y cuando atacó a Sicilia. Tenía veinte mil cuando Demetrio de Falera los contó como se cuentan los esclavos en el mercado. Cuando Filipo quiso dominar a Grecia, al presentarse en las puertas de Atenas se encontró una ciudad que había perdido algo muy importante. Sabemos por Demóstenes el trabajo que costó hacerla despertar: se temía a Filipo, no como enemigo de la libertad, sino de los placeres (habían hecho una ley que castigaba con la muerte a aquel que propusiera invertir en la guerra el dinero destinado a los teatros).

Esta ciudad, que había resistido tantas derrotas, que había renacido después de cada destrucción, quedó vencida enQueronea para siempre. ¿Qué importa que Filipo devolviera los prisioneros si no devolvía hombres? Era tan fácil triunfar siempre sobre las fuerzas de Atenas como difícil triunfar sobre su virtud.

¿Cómo hubiera podido sostenerse Cartago? Cuando Aníbal, ya pretor, quiso impedir a los magistrados el pillaje de la República, ¿no fueron a acusarle ante los romanos? ¡Desdichados!, querían ser ciudadanos sin que la ciudad existiese y recibir sus riquezas de manos de sus destructores. Pronto Roma les pidió como rehenes trescientos ciudadanos de los principales, luego quiso que le entregaran las armas y los navíos, y finalmente les declaró la guerra. Por lo que hizoCartago desarmada y sumida en la desesperación (esta guerra duró tres años) se puede juzgar lo que hubiera hecho en plena posesión de su virtud y de su fuerza.

Este es el principio del Gobierno republicano. No queremos decir con ello que los hombres son virtuosos en tal o cual República, sino que debían serlo, porque sin la virtud el Gobierno sería imperfecto.

* * *

MONTESQUIEU, Del Espíritu de las leyes, primera parte, libro III. Sarpe, 1984. [FD, 06/12/2006]













martes, 28 de febrero de 2012

Malvinas, Visión alternativa

A tres décadas de la trágica aventura militar de 1982 carecemos aún de una crítica pública del apoyo social que acompañó a la guerra de Malvinas y movilizó a casi todos los sectores de la sociedad argentina. Entre los motivos de aquel respaldo no fue menor la adhesión a la causa-Malvinas, que proclama que las Islas son un “territorio irredento”, hace de su “recuperación” una cuestión de identidad y la coloca al tope de nuestras prioridades nacionales y de la agenda internacional del país.

Un análisis mínimamente objetivo demuestra la brecha que existe entre la enormidad de estos actos y la importancia real de la cuestión-Malvinas, así como su escasa relación con los grandes problemas políticos, sociales y económicos que nos aquejan. Sin embargo, un clima de agitación nacionalista impulsado otra vez por ambos gobiernos parece afectar a gran parte de nuestros dirigentes, oficialistas y de la oposición, quienes se exhiben orgullosos de lo que califican de “política de estado”. Creemos que es hora de examinar a fondo esa política a partir de una convicción: la opinión pública argentina está madura para una estrategia que concilie los intereses nacionales legítimos con el principio de autodeterminación sobre el que ha sido fundado este país.

Una revisión crítica de la guerra de Malvinas debe incluir tanto el examen del vínculo entre nuestra sociedad y sus víctimas directas, los conscriptos combatientes, como la admisión de lo injustificable del uso de la fuerza en 1982 y la comprensión de que esa decisión y la derrota que la siguió tienen inevitables consecuencias de largo plazo. Es necesario poner fin hoy a la contradictoria exigencia del gobierno argentino de abrir una negociación bilateral que incluya el tema de la soberanía al mismo tiempo que se anuncia que la soberanía argentina es innegociable, y ofrecer instancias de diálogo real con los británicos y –en especial- con los malvinenses, con agenda abierta y ámbito regional. En honor de los tratados de derechos humanos incorporados a la Constitución de nuestro país en 1994, los habitantes de Malvinas deben ser reconocidos como sujeto de derecho. Respetar su modo de vida, como expresa su primera cláusula transitoria, implica abdicar de la intención de imponerles una soberanía, una ciudadanía y un gobierno que no desean. La afirmación obsesiva del principio “Las Malvinas son argentinas” y la ignorancia o desprecio del avasallamiento que éste supone debilitan el reclamo justo y pacífico de retirada del Reino Unido y su base militar, y hacen imposible avanzar hacia una gestión de los recursos naturales negociada entre argentinos e isleños.

La República Argentina ha sido fundada sobre el principio de autodeterminación de los pueblos y para todos los hombres del mundo. Como país cuyos antecedentes incluyen la conquista española, nuestra propia construcción como nación es tan imposible de desligar de episodios de ocupación colonial como la de Malvinas. La Historia, por otra parte, no es reversible, y el intento de devolver las fronteras nacionales a una situación existente hace casi dos siglos -es decir: anterior a nuestra unidad nacional y cuando la Patagonia no estaba aún bajo dominio argentino- abre una caja de Pandora que no conduce a la paz.

Como miembros de una sociedad plural y diversa que tiene en la inmigración su fuente principal de integración poblacional no consideramos tener derechos preferenciales que nos permitan avasallar los de quienes viven y trabajan en Malvinas desde hace varias generaciones, mucho antes de que llegaran al país algunos de nuestros ancestros. La sangre de los caídos en Malvinas exige, sobre todo, que no se incurra nuevamente en el patrioterismo que los llevó a la muerte ni se la use como elemento de sacralización de posiciones que en todo sistema democrático son opinables.

Necesitamos superar la agitación de la causa-Malvinas y elaborar una visión alternativa que deje atrás el conflicto y aporte soluciones. Los principales problemas nacionales y nuestras peores tragedias no han sido causados por la pérdida de territorios ni la escasez de recursos naturales, sino por nuestra falta de respeto a la vida, los derechos humanos, las instituciones democráticas y los valores fundacionales de la República Argentina, como la libertad, la igualdad y la autodeterminación. Ojalá que el dos de abril y el año 2012 no den lugar a la habitual escalada de declamaciones patrioteras sino que sirvan para que los argentinos -gobernantes, dirigentes y ciudadanos- reflexionemos juntos y sin prejuicios sobre la relación entre nuestros propios errores y los fracasos de nuestro país.

Emilio de Ípola, Pepe Eliaschev, Rafael Filippelli, Roberto Gargarella, Fernando Iglesias, Santiago Kovadloff, Jorge Lanata, Gustavo Noriega, Marcos Novaro, José Miguel Onaindia, Vicente Palermo, Eduardo Antin (Quintín), Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Daniel Sabsay, Beatriz Sarlo, Juan José Sebreli











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