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sábado, 20 de abril de 2013

Pensar en futuro y Ser plural


Pasada la mega-convocatoria del #18A aun sigo pensando que lo que realmente necesitamos es mayor participación formal en los partidos políticos. 

Pienso que tal vez el eje de toda la visión ordenadora pase por la idea de que el quiebre es temporal. No es derecha/izquierda, estatismo/privatización, ideología/gestión, mentira/honestidad...Es pasado/futuro.


Estamos orientados por el futuro. Estamos haciendo algo. Estamos usando este presente de esta manera para lograr determinado futuro. Buscamos ese futuro.

Dicho de otra forma:
Nuestro desarrollo y nuestro trabajo pertenecen al siglo XXI


Nuestras diferencias no son ideológicas, son cronológicas.
Nuestra razón de ser, es ese querer un futuro. 
Todas las cuestiones las debemos pensar, elegir, debatir, desde ese punto de vista.

La política entendida como algo que va desde hoy hacia adelante propone una visión y una realidad revolucionaria y contracultural en la historia argentina.
La política argentina suele ser una acción referida al pasado, en tono de pasado, con temas del pasado y una esperanza reivindicativa.

En el siglo XX la política se hacía de arriba para abajo, del líder a las masas. Es una visión paternalista que necesita la sumisión y la admiración de los seguidores.

En el siglo XXI la política se hace dialogando, de una persona a otra, sin gritar, escuchando al otro. Hoy todos somos alguien, somos equivalentes.


El pluralismo es bueno y si discrepo con alguien, lo debato
Según Philippe C. Schmitter, el pluralismo puede definirse de la siguiente manera:

Sistema de representación de intereses en el que las unidades constitutivas están organizadas en un número no especificado de categorías múltiples, voluntarias, competitivas, no jerárquicamente ordenadas y autodeterminadas, que no están especialmente autorizadas, reconocidas, subsidiadas, creadas o de algún modo controladas por el Estado en la selección de dirigentes o la articulación de sus intereses, y que no ejercen un monopolio de la actividad representativa dentro de sus respectivas categorías.


¿Como hacemos para saber de qué modo se orientara mañana nuestra república?


...es tan incierta y aleatoria la voluntad humana que nadie podría seriamente profetizar el porvenir. Pero la diferencia entre nosotros y los populistas es que nosotros no queremos cristalizar los ideales en dogmas ni imponerlos a la fuerza; será lo que pueda ser y se desarrollara a medida que hombres e instituciones pasen a ser más favorables a la libertad y a la justicia.









sábado, 8 de diciembre de 2012

Liberalismo y romanticismo



El movimiento que apareció contemporáneamente a la Restauración con el nombre de liberalismo no sólo fue una doctrina de la libertad política. Llegó a implicar además una voluntad casi generalizada de adherirse a las instituciones y valores que habían surgido con la Revolución francesa, así como la urgencia de manifestar una férrea oposición a la simple posibilidad de que se retrocediera a la antigua sociedad con la monarquía restaurada. La igualdad civil que reducía a la nobleza a la condición común y la exclusión de cualquier derecho de inspección clerical sobre el gobierno, fueron para la tendencia liberal conquistas tan importantes como el conjunto de libertades civiles garantizados por la Declaración de los Derechos del Hombre. 

Por encima del rechazo de un pasado humillante, el anhelo de libertad constituyó un pregón de fe en el porvenir. Dicho anhelo fue expresado también por la mayoría de las voces que formaron parte del romanticismo. Los escritores románticos, tanto alemanes como franceses, hablaron de "perfectibilidad", refiriéndose con ello al proyecto de dar a luz en esa época a un Hombre libre. De esta manera, el amplio crédito que acabó disfrutando el liberalismo se debió al hecho de que reunía en su seno, junto con la libertad, los elementos de la causa moderna: igualdad y progreso. La libertad, fue sin duda el alma inspiradora de esa doctrina.


El siglo XIX mostró que la existencia de la libre empresa no basta por sí misma para asegurar el respeto de los derechos del hombre. En consecuencia, cuando se habla de liberalismo, es preciso tener en cuenta esa herencia espiritual en toda su extensión, como una filosofía que trata de las relaciones del individuo con el Estado, sin olvidar que la libertad política supone una doctrina de libertad moral. Schiller no difiere en este sentido al afirmar:
"Cuando la Naturaleza aspire a afirmar su multiplicidad en el edificio moral de la sociedad, no rompa en manera alguna la unidad moral. La forma victoriosa se halla tan lejos de la uniformidad como del desorden. Totalidad de carácter ha de tener el pueblo digno y capaz de trocar el Estado de necesidad por el Estado de libertad."

El liberalismo y el romanticismo, en cuanto que profesan la perfectibilidad humana, asientan como aspiración ciertos valores que deben realizarse humanamente, ambos movimientos tuvieron que recurrir al antiguo fundamento trascendente del Bien, aunque de forma distinta a como se había postulado desde la herencia platónica. La libertad, en efecto, mantiene una relación estrecha con el ideal. El impulso que en nosotros la afirma y dignifica es el mismo que nos transporta a una región de existencia superior en la que cesa para siempre la esclavitud frente al instinto.



Ante la naturaleza y la noción de necesidad natural, tanto la actitud del romanticismo como la del liberalismo están constituidas de modo semejante. Existe una curiosa mezcla de adhesión, tienden a salvaguardar la autonomía del hombre. Sin embargo, si el progreso no es otra cosa que el desenvolvimiento de nuestra naturaleza, se corre el peligro de concebirlo como fatal e inexorable. ¿Cómo garantizar entonces que es efectivamente progreso y no desarrollo ciego; que en él se realiza, a medida que se avanza, el proyecto del ideal? A la lógica de la trascendencia se une la convicción de que el tiempo obra en favor del hombre. La gran metamorfosis del mundo que trajo consigo la Revolución francesa representa la prueba triunfal de que el transcurso de la historia posee una dirección: la evolución objetiva que permite identificar lo moral con el progreso, legitimando así el presente como aliado en la causa de la libertad.

No es extraño entonces que románticos y liberales hayan visto la Revolución con buenos ojos por ser un suceso que se había propuesto introducir la justicia en la sociedad, es decir, el imperio de la ley moral en las relaciones mutuas de los ciudadanos y en las del gobierno con los ciudadanos. El progreso moral y material de la civilización es irresistible,  es el destino del género humano.



Cuando se acepta que la soberanía del pueblo es y deber ser ilimitada, se crea en la sociedad un poder excesivamente grande, sin importar ya cuál es la mano que lo maneja. El dominio de la sociedad sobre el individuo no puede franquear legítimamente ciertas fronteras. Hay sin duda una parte de la existencia humana que se conserva a toda costa independiente y que está fuera de cualquier competencia social. La soberanía se manifiesta, pues, de modo limitado y relativo. En el punto donde comienza la independencia de la existencia individual, se detiene la jurisdicción de esa soberanía. Aun el consentimiento de la mayoría no basta para legitimar sus actos. Cuando una autoridad rebasa dichos limites, se llame individuo o nación, se hace tan culpable como el peor de los déspotas.

Así, la idea moderna de libertad se opuso a la idea de libertad expuesta en el Contrato social, ya que en él se estipulaba la alienación de los derechos del individuo en favor de la autoridad colectiva, a cambio de la participación de cada ciudadano en el voto de la ley. Allí se aseguraba, por lo menos, que la colectividad no podría legislar contra los intereses de sus miembros porque todos constituían una voluntad general. Para el siglo XIX, los resultados del proyecto de Rousseau parecieron catastróficos. Extender a todos los rincones privados la competencia de la ley equivalía a organizar metódicamente la tiranía. El mayor de los errores había consistido en divinizar al legislador, fuese éste uno o muchos.


En conclusión, ganó importancia la idea de que debía existir un ámbito donde el poder no incursionara y que la ley no invadiera, bajo pena de una ilegitimidad radical. Este principio se irguió como un auténtico imperativo categórico: es el acto de conciencia mediante el cual cada individuo establece su derecho inalienable.
 Sólo así el principio de libertad adquiere vida y puede realizarse.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Elogio a la Alternancia



La alternancia en el mando o, mejor dicho, en el gobierno, entendiendo por tal al Poder Ejecutivo, es un elemento esencial de la democracia. La continuidad indefinida en sus cargos del o de los mismos titulares del Ejecutivo, aún en el caso hipotético de que ello sea el resultado de un pronunciamiento electoral libre del pueblo, sin coacción ni fraude, es, en principio, un factor negativo y distorsionante para la democracia.

No sólo porque la continuidad indefinida genera peligrosos elementos personalistas y autocráticos que afectan negativamente la existencia de una democracia real, sino porque, además, la no alternancia en el mando, en sí misma y por las necesarias consecuencias que provoca, puede hacer peligrar la realización de comicios libres y sin fraude.

La experiencia histórica mundial ha demostrado con absoluta claridad que el único camino para asegurar el desarrollo, la estabilidad y la supervivencia de un sistema político-institucional es el que asegura la existencia de dos o más fuerzas partidarias de signo diferente que sean capaces de alternarse en el ejercicio del gobierno y que compartan de manera natural los proyectos y objetivos estratégicos de largo plazo propios de la comunidad nacional a la que pertenecen. Esa alternancia sólo estará realmente garantizada en aquellas sociedades que la hayan asumido como un rasgo natural de su cultura ciudadana o política.

En el presidencialismo, ya sea en su forma adoptada por los Estados Unidos, como en el actual modelo constitucional de Rusia, así como en los casos latinoamericanos, en general caracterizados por un predominio político del Poder Ejecutivo, la falta de alternancia en el Gobierno, y la consiguiente continuidad en el Gobierno, con reelección o a sucesivas reelecciones, constituye, en principio, un eventual peligro para la gobernabilidad democrática y para la existencia plena de un Estado de Derecho.


La alternancia en el mando o en el Gobierno es el desempeño sucesivo en el poder o en el Gobierno por personas distintas, pertenezcan o no al mismo partido político.
La alternancia en el gobierno constituye en principio, un presupuesto y una condición de la democracia.

La normal y verdadera alternancia en el gobierno sólo puede existir en sistemas democráticos representativos con multiplicidad de partidos políticos, en los cuales estos se encuentren en un plano de igualdad jurídica no discriminatoria, donde exista un régimen electoral que haga efectivamente posible la rotación de los partidos políticos en el poder y en el que las elecciones sean realmente periódicas y libres, sin fraude ni coacción.

Existe una estrecha relación entre el tema de la alternancia en el gobierno y la cuestión de la no reelección.

La posibilidad jurídica de reelección sucesiva e indefinida del titular del Poder Ejecutivo en un sistema constitucional democrático republicano, afecta negativamente la posibilidad real de alternancia en el mando de las personas, así como la rotación de los partidos en el gobierno y, en consecuencia, esta posibilidad puede contribuir a dificultar la existencia y funcionamiento de una democracia real.

La alternancia en el poder es un factor clave, decisivo y fundamental de toda democracia desarrollada, ya que permite una sana crítica a la administración anterior y muestra desafíos por cumplir a la administración electa recientemente porque ya no está en papel de crítico-opositor sino que está en un papel ya propiamente de administrador ante todos los desafíos, problemas, expectativas y demás situaciones que solamente estando al frente de un cargo público se pueden visualizar, además permite a los electores-ciudadanos compararlo con la administración anterior...

sábado, 6 de octubre de 2012

Ellos y los Otros

Ellos están ahí manifestando lo insólito, 

transgrediendo el mundo,

descubriendo que el día no germina con el sol, 

sino con su despertar,
pululan bajo el nombre de ellos, los indómitos, 

eternos en sus sueños, 

eyaculando vida, tejiendo una sensación más.


Los otros los miran vacíos, carentes de cognición,
los encadenan a la tierra clavando sus pies al suelo,
les llaman ingenuos porque miran con el corazón,
los otros se esparcen por la tierra, tejiendo la razón.

Ellos versan el poema de la vida, se enamoran, simplemente aman,
saben bien que la estrella más cercana les traerá el deseo,
y el deseo les dará sentido para dar una travesía más,
ellos son valientes, utópicos del mundo y de su mente.

Los otros murmuran costumbres mitos y morales,
hipocresías de sus noches mientras se acarician,
siempre despiertan con el pudor que se seca en su sexo,
siempre se limpian el alma y la vida,
siempre se hincan, se levantan solo para limpiar su rodilla
y dejarla caer al mundo de nuevo . 

Ellos caen y se levantan, chocan con la fantasía,
los otros temen, siempre temen la desdicha,
ellos reconocen sus más grandes quimeras bajo el sol,
los otros ni siquiera ven al sol de frente,
ellos despiertan y siguen soñando,
los otros duermen para soñar.

Y es que ellos muy pocas veces son los otros,
pero los otros siempre quieren ser ellos,
porque ellos siempre se dicen ser los locos
y los otros se vanaglorian por ser cuerdos,
aunque ellos saben de mal que alguna vez fueron otros
y los otros saben de bien que algún día serán ellos.


sábado, 15 de septiembre de 2012

ÜTØPÍÅ (Galería de imágenes)


 El concepto utopía se refiere a la representación de un mundo idealizado que se presenta como alternativo al mundo realmente existente, mediante una crítica de este.

Íntimamente relacionadas con el deseo de dar un sentido a la vida y alcanzar la felicidad, se encuentran la necesidad y la búsqueda de un mundo mejor, más solidario y más justo. Existe una estrecha relación entre la justicia y las utopías. Ya Platón puso de manifiesto que un mundo ideal en el que todos sus miembros viviesen felices y satisfechos sólo era posible si ese mundo era un mundo justo, pues un Estado es ideal (constituye una utopía) si en él reina la justicia.


El anhelo de mundos ideales y perfectos es tan antiguo como el ser humano. Sin embargo, la invención y descripción de sociedades que lo sean no recibe el nombre de utopía hasta el siglo XVI. Por ello, no es paradójico afirmar que existen utopías desde siempre, incluso antes de que se acuñase este nombre para referirse a ellas.
El término utopía se debe a Tomás Moro, quien tituló así una de las obras más importantes de este género. Literalmente significa “no lugar” y, por tanto, designa una localización inexistente o imposible de encontrar.
En general, se puede definir una utopía como un Estado imaginario que reúne todas las perfecciones y que hace posible una existencia feliz porque en él reinan la paz y la justicia. En Utopía hay un importante componente ideal, surgen de los defectos de la sociedad y se basan en las posibilidades de cambio y transformación que ésta tiene en cada momento. Las utopías hunden las raíces en la realidad más auténtica y concreta, aunque sea para criticarlas e intentar transformarla en una cosa mejor. 































































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