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jueves, 15 de noviembre de 2012

Siempre es de Noche (Alejandro Sanz)





Cuéntame cómo va cayendo el sol.
mientras hablas pensaré:
qué guapa estás, qué suerte ser
la mitad del cuento de un atardecer
que observo al escucharte,
porque mis ojos son tu voz.

Acércate, que cuando estemos piel con piel,
mis manos te dibujarán,
tu aroma me dirá tu edad.
junto a ti, unidos sin saber por qué,
seguramente se me note
el resplandor de una ilusión,
porque a tu lado puedo olvidar.

Que para mí siempre es de noche,
pero esta noche es como un atardecer,
si logras que a la vida me asome,
tus ojos sean los que brillen.
y la luna que la borren
que en mi eterna oscuridad
el cielo tiene nombre: tu nombre
qué no daría yo por contemplarte
aunque fuera un sólo instante.

Hace frío. es tarde y tienes que volver,
que alguien que te espera, seguro
una vez más el tiempo se nos fue.
¿volverás?, dime si mañana volverás
como lo has hecho cada tarde,
para contarme cómo muere el día.

Y se marchó, ella se alejó de él.
pero como en las cartas ...: dos puntos, posdata,
se me olvidaba, no me presenté.
sólo fui testigo por casualidad,
hasta que de pronto, él me preguntó:
era bella, ¿no es verdad?
"más que la luna" -dije yo-, y él sonrió.
Nunca más se hará reproches
por intentar amanecer.
no volverá a perderse en la noche,
porque su alma hoy brilla con más fuerza
que un millón de soles.
pero, en su eterna oscuridad,
a veces se le oye a voces:
qué no daría yo por contemplarte,
aunque fuera un sólo instante.
...por intentar amanecer.
no volverá a perderse en la noche,
porque su alma hoy brilla con más fuerza
que un millón de soles.
pero, en su eterna oscuridad,
a veces se le oye a voces:
qué no daría yo por contemplarte,
aunque fuera un sólo instante.
Qué no daría yo por contemplarte,
aunque fuera un sólo instante

miércoles, 3 de octubre de 2012

Sueño infinito de Pao Yu




Pao Yu soñó que estaba en un jardín idéntico al de su casa. ¿Será posible, dijo, que haya un jardín idéntico al mío? Se le acercaron unas doncellas. Pao Yu se dijo atónito: ¿Alguien tendrá doncellas iguales a Hsi-Yen, a Pin-Erh y a todas las de casa? Una de las doncellas exclamó: «Ahí está Pao Yu. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?» Pao Yu pensó que lo habían reconocido. Se adelantó y les dijo: «Estaba caminando; por casualidad llegué hasta aquí. Caminemos un poco.» Las doncellas se rieron. «¡Qué desatino! Te confundimos con Pao Yu, nuestro amo, pero no eres tan gallardo como él.» Eran doncellas de otro Pao Yu. «Queridas hermanas -les dijo- yo soy Pao Yu. ¿Quién es vuestro amo?» «Es Pao Yu -contestaron-. Sus padres le dieron ese nombre, que está compuesto de los dos caracteres Pao (precioso) y Yu(jade), para que su vida fuera larga y feliz. ¿Quién eres tú para usurpar ese nombre?». Se fueron, riéndose.
Pao Yu quedó abatido. «Nunca me han tratado tan mal. ¿Por qué me aborrecerán estas doncellas? ¿Habrá, de veras, otro Pa Yu? Tengo que averiguarlo.» Trabajado por esos pensamientos, llegó a un patio que le pareció extrañamente familiar. Subió la escalera y entró en su cuarto. Vio a un joven acostado; al lado de la cama reían y hacían labores unas muchachas. El joven suspiraba. Una de las doncellas le dijo: «¿Qué sueñas, Pao Yu, estás afligido?» «Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba en un jardín y que ustedes no me reconocieron y me dejaron solo. Las seguí hasta la casa y me encontré con otro Pao Yu durmiendo en mi cama.» Al oír este diálogo Pao Yu no pudo contenerse y exclamó: «Vine en busca de un Pao Yu; eres tú.» El joven se levantó y lo abrazó, gritando: «no era un sueño, tú eres Pao Yu.» Los dos Pao Yu temblaron. El soñado se fue; el otro le decía: «¡Vuelve pronto, Pao Yu!» Pao Yu se despertó. Su doncella Hsi-Yen le preguntó: «¿Qué sueñas Pao Yu, estás afligido?» «Tuve un sueño muy rico. Soñé que estaba en un jardín y que vosotras no me reconocíais...»

Tsao-Hsueh-King, Sueño del aposento rojo (c.1754).

sábado, 8 de septiembre de 2012

Un cuento

Te voy a contar un cuento,
por cada sonrisa se me escapara un secreto
por cada carcajada un episodio completo,
si me dijeses ven... yo iría,
si me dijeses vete... me alejaría de ti
solo dime algo,
si solamente uno de cada cien lo consiguen
nosotros seremos ese uno no lo dudes,
si un príncipe tiene que acompañar a su princesa
me pondré una corona,
si hay que exagerar las cosas
el infinito se me queda corto
para decirte lo que te quiero,
si tiene que pasar un milagro que pase,
si cada vez que nuestras miradas se cruzan
el sentimiento es mayor,
si lo fácil fuese lo cierto,
si los malos perdiesen siempre,
si Gargamel no atrapase a los pitufos,
si París se quedase sin Torre Eiffel,
si hubiese un principio sin fin
pero nunca un fin sin principio,
si detrás de un adiós hubiese un te quiero,
si lo nuestro fuese eterno,
si un sueño fuese un indicio,
si una fecha no marcase una vida...

Colorin colorado este cuento se ha acabado

jueves, 30 de agosto de 2012

Perder la cabeza

A pesar del poco tiempo transcurrido hallé la ciudad cambiada; como si le hubiesen hecho retoques innecesarios. Toqué a su puerta exactamente a las diez y media de la noche. Todavía estaba animada la ancha avenida arbolada; parejas que paseaban tomados de la mano, señoras maduras con sus perritos, adolescentes alborotando…Vida, en suma. No tardó en abrirme, supongo que desde la ventana de la sala me vio llegar. Nos abrazamos levemente; nunca podría esperar cálidas bienvenidas, sino más bien un cariño pausado disfrazado de cortesía. Rechacé la cena, le mentí diciendo que había comido algo de camino.
Me esforcé por mantener su imagen en mi retina; pocas veces más tendría ocasión de verla...



Perder la cabeza,
Perder la cabeza por ti,
cada segundo, cada minuto, cada día, cada momento,
cada instante, volverme loco por tus besos,
no querer otra cosa que el calor de tu piel,
no poder soñar porque mi sueño ya se ha hecho realidad,
dolerme la cabeza de tantas vueltas que das en ella,
girarme y pensar que puede que seas tú,
aunque solamente sea por un instante,
aunque solo haya una posibilidad entre un millón,
pensar que por una misera casualidad pueda volver a verte,
ver esa sonrisa que me enamoró,
esa sonrisa que me alegraba cada día,
esos ojos que me hipnotizaban, y esos labios que me dejaban sin respiración...
Que ya no me imagino una vida sin tus caricias,
sin tus besos, sin tus palabras que me dejan a mi sin ninguna,
sin una razón por la que despertarme, sin el amor de mi vida...
Una vida sin ti.

miércoles, 29 de agosto de 2012

De Poeta y Loco


Había una vez un héroe-o eso creía él de si mismo- que salia en auxilio de las damas sobre su corcel de papel y de letras. Transitaba un día cualquiera por las montañas de asfalto y cemento, trinando como el pájaro que se creía(debe de ser por las innumerables horas que pasó en frente de su computadora)
En eso aparece una chica, y esta se dirige en rima a él:

-Oh! tanto tiempo sin su presenciar hallar,
buscándole desde ayer
con mis ganas de arder
como fénix ave en sus poesías sublimes
que bella flor en sus letras ser quiero.

Levantando su espada hacia el cielo contesta como poeta que es, de esta manera:

-Oh, mi flor, mi niña, niña mía, mía niña -notése el juego de palabras- hermosa es la flor como lo es tu hermosa semblante que ruega por mi sabia sabiduría conocedora de letras, la belleza verdadera de la flor es dependiendo de donde es que la tengas metida-(jua jua)
En esto andaba cuando llegó quién sabe de donde una hueste de mújeres, decenas de chicas, pidiendo rimas para ellas, loando al héroe de la poesía, el que pasará a la historia, y Becquer, Whitman, Baudelaire o Neruda, a su lado serían ceros a la izquierda.


Viendo el publico congregado el héroe relata su historia:

Mis secretos más profundos son telas de arañas en mi cuaderno, ese que me acompaña en mi viaje por la vida, con sus tristes y solitarias páginas en blanco, esperando recoger de mis manos el fruto de los días, el fruto del desencanto, el fruto de la alegría.
Es el que conoce mis profundidades, el que me las recuerda cuando las olvido, el que me mata con sus flechas de verdad, el que me araña con sus letras, el que me acaricia con la paz.
La prosa me llama, me busca, me habla. La poesía me ha encontrado, sorprendido y enamorado.
Un poeta me arrancó la prosa, me escupió la poesía enmascarada de las páginas que ahora escribo, me llevó a esa isla de donde no pude escapar hasta borrar de mi cárcel cada destello de una tierna mirada que conquistó hasta el último suspiro de mi alma.


Volví a nacer, salí nadando de esa isla, rompí las rejas de la cárcel de su boca y salí al océano de la libertad y del amor verdadero, ese que te cuida y te eleva con tan solo existir, con tan solo sonreír. Descubrí que no necesito a un poeta para vivir, por que el hecho de vivir ya es la mayor poesía escrita, cantada y dibujada por el más grande los poetas, descubrí que todos somos poetas.
Desato las páginas y las dejo escapar de mi cuaderno con un rumbo incierto, hacia un destino que desconozco y que no me importa, por que regalo estas páginas al viento, a ese sabio que las guiará, para que las acompañe donde puedan emocionar, donde puedan enseñar, donde puedan robar sonrisas o lágrimas, donde quizá sean incomprendidas o quizá sean fieles reflejos de otras vidas.
Había tenido un sueño lúcido, donde el soñador se da cuenta de estar soñando. Los que tienen la suerte de tener a menudo este tipo de sueños se llaman onirautas, pueden controlar los sueños a voluntad llevando a cabo sus deseos en los mismos. Estos sueños son notables por perdurar en la memoria, son sueños llenos de color, difíciles de olvidar. Tan difícil de olvidar que aún está en mis pupilas ese paisaje. El simbolismo del castillo en el mundo de los sueños me llevó a descubrir mi deseo de espiritualidad, mis ansias de trascender lo mundano y convertirme en la protagonista de historias especiales y con mayor significado. Esperaba algo importante mientras miraba grandioso al horizonte en ese sueño, poco tiempo después, ese algo me llegó en forma de poema.


Podría recrearme en millones de pensamientos, sensaciones y palabras que adornarían esta historia, pero ya la he olvidado, la imaginación está en otros cuerpos y el aburrimiento me envuelve obligándome a terminar este relato. Intenté dar un beso al enemigo.
Ahora me seguiré perdiendo por los caminos que me trace el destino, intentado recordar lo que aprendí para no cometer los mismos errores, aunque nada fue un error porque como dice el refrán:
 “de poetas y de locos, todos tenemos un poco”.

viernes, 24 de agosto de 2012

Los 100 Días del Plebeyo

Una bella princesa estaba buscando consorte.

Nobles y ricos pretendientes llegaban de todas partes con maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos, tronos… Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo que no tenía más riqueza que el amor y la perseverancia.

Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:
-Princesa, te he amado toda la vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. Esta será mi dote.

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar:

-Tendrás tu oportunidad: si pasas esa prueba me desposarás.

Así pasaron las horas y los días. El pretendiente permaneció afuera del palacio, soportando el sol, los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente súbdito siguió firme en su empeño sin desfallecer un momento.

De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, que con un noble gesto y una sonrisa aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas, se hicieron apuestas y algunos optimistas comenzaron a planear los festejos.



Al llegar el día 99, los pobladores de la zona salieron a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, pero cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la princesa, el joven se levantó y, sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar dónde había permanecido cien días.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa: -¿Qué te ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta, ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste?

Con profunda consternación y lágrimas mal disimuladas. El plebeyo contestó en voz baja: -La princesa no me ahorró ni un día de sufrimiento, ni siquiera una hora. No merecía mi amor.



Cuando estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos como prueba de afecto o lealtad, incluso a riesgo de perder nuestra dignidad, merecemos al menos una palabra de comprensión o estímulo. Las personas tienen que hacerse merecedoras del amor que se les ofrece.

viernes, 20 de julio de 2012

Una historia sobre la amistad (Anónimo)


Recibí una llamada telefónica de un buen amigo. Me alegró mucho su llamada. Lo primero que me preguntó fue: ¿Cómo estás? Y sin saber por qué, le contesté: "Muy solo"."¿Quieres que hablemos?", me dijo. Le respondí que si y me dijo: ¿Quieres que vaya a tu casa?". Y respondí que sí. Colgó el teléfono y en menos de quince minutos él ya estaba llamando a mi puerta.

Yo hablé durante horas de todo, de mi trabajo, de mi familia, de mi novia, de mis deudas, y él, atento siempre, me escuchó. Se nos hizo de día, yo estaba totalmente cansado mentalmente, me había hecho mucho bien su compañía y sobre todo que me escuchara, que me apoyara y me hiciera ver mis errores.



Me sentía muy a gusto y cuando él notó que yo ya me encontraba mejor, me dijo: "Bueno, me voy, tengo que ir a trabajar".

Yo me sorprendí y le dije:¿Por qué no me habías dicho que tenías que ir a trabajar? Mira la hora que es, no has dormido nada, te quité tu tiempo toda la noche". Él sonrió y me dijo: "No hay problema, para eso estamos los amigos".


Yo me sentía cada vez más feliz y orgulloso de tener un amigo así. Le acompañéla puerta de mi casa...y cuando él iba hacia su coche le pregunté: "Y a todo esto, ¿por qué llamaste anoche tan tarde?".

Él se volvió y me dijo en voz baja: "Es que te quería dar una noticia...". Y le pregunté:"¿Cuál es?" Y me dijo: Fui al médico ayer y me dijo que estoy muy enfermo. Tengo cáncer. Es irreversible y terminal. Me quedan tres meses de vida". Yo me quedé mudo...; él sonrió y me dijo: "Ya hablaremos de eso. Que tengas un buen día." Se dio la vuelta y se fue.



Pasó un buen rato hasta que asimilé la situación y me pregunté una y otra vez ¿por qué cuando él me preguntó cómo estaba me olvidé de él y sólo hablé de mí? ¿Cómo tuvo fuerza para sonreírme, darme ánimos, decirme todo lo que me dijo, estando él en esa situación...? Esto es increíble...

Mi amigo murió hace dos meses. Desde entonces mi vida ha cambiado.


Suelo ser menos dramático con mis problemas. Ahora aprovecho más el tiempo con la gente que quiero. Les deseo que tengan un buen día, y les digo: "El que no vive para servir...,no sirve para vivir..."

La vida es como una escalera, si miras hacia arriba siempre serás el último de la fila, pero si miras hacia abajo verás que hay mucha gente que quisiera estar en tu lugar. Detente a escuchar y ayuda a los amigos que te necesitan".



jueves, 24 de mayo de 2012

Caminando por la ciudad bajo la lluvia

Caminando por la ciudad bajo la lluvia
mis pensamientos van a ti,
pensando en los besos
que me dabas llenos de pasión.
La lluvia no cesa, cae más y más
pienso en la tersura de tu piel
y quiero gritar al mundo....
Sigue lloviendo y llego a casa
no estas tu...
quiero estas a tu lado
quiero abrazarte y no puedo.
Tomo papel y lápiz
y te escribo este poema
así te siento mas cerca
mucho más cerca 




Camino por la ciudad bajo la lluvia. Es una lluvia fina que en algunos momentos arrecia, pero vuelve en seguida a su deliciosa pasividad, sin ráfagas excesivas de viento que la haga impredecible. Con mis buenas botas no tengo problema alguna, casi es una delicia. Y no la esquivo, me someto a ella porque me gusta sentir su martilleo en el paraguas. A veces uno no sabe que lo inesperado puede provenir de la naturaleza, un leve gesto que nos convierte en espectadores entusiastas de un acontecimiento que se repite desde hace millones de años y que siempre nos parece único, sobre todo por aquí, en el Mediterráneo, en donde el agua suele ser escasa, aunque con demasiada frecuencia caiga de forma abrupta, y en vez de amarar la tierra la inunda.

Camino por la ciudad y siento que la lluvia cae sobre la tierra y que yo la recibo como un don. Tengo la sensación de que me lava simbólicamente el cuerpo, y que en cada paso que doy la acepto con alegría: el placer de lo verdadero que no necesita justificación alguna, al azar de la vida, y que representa un empiece de algo que no sabemos en principio cómo llamar, y que nos lava el alma. Me parece que en el fondo de mí hay una vaga esperanza que siempre se puede recuperar, aunque con mucha frecuencia esté dormida, aletargada, con un aura de cansancio sin rendijas, inhabilitada para reanudar con éxito todo lo que ofrece su definicición. Y bien, me digo: eso debe ser alguno de los matices de la experiencia, esa alternancia entre dos polos, o un paso continuo no de extremo a extremo, sino un deambular por la zona central, la de los matices.

Camino por la ciudad porque he quedado con L, a quien conozco desde hace muchos años. Empezamos a caminar los dos juntos como si huyéramos de la lluvia, pero en el fondo nos sentimos a gusto y se lo digo. Cuántas cosas se pueden compartir. Cuántas pequeñas maravillas ofrece el mundo. El recorrido es demasiado corto, entramos en un viejo café en donde nada se parece a lo que recordábamos. Empezar de nuevo a hablar después de algún tiempo de no vernos, hacer un leve repaso a lo que hemos hecho en los últimos meses, acercarse con las palabras: ¿no es eso lo que nos hace humanos? en cada gesto de los parroquianos hay también esa concentración de sorpresa y de incredulidad que se manifiesta ocasionalmente ante lo inesperado. Quizás la mirada se pierda en una rendija interior, por la que se cuela algún sueño que sobreviene de golpe, como una visita a deshora pero muy bien recibida. Un sueño...

jueves, 12 de abril de 2012

Cuando el amor llama a tu puerta


Cuando el amor llama a la puerta todo son sonrisas, alegría y se vive en una nube


Dicen que el llanto de tanto agotamiento acaba cesando y que al acabar te sientes relajado, orgulloso de haber sacado lo que llevabas tan a dentro. Rabia, ira, impotencia, amor, desengaño… la vida misma. Hay diferentes motivos que te llevan hacia el llanto. Puede que sea cierto, pero ella no podía parar de llorar, no podía acabar con aquel llanto tan intenso y por tanto no podía sentirse relajada. Sus conocidos desconocían el motivo, sus amigos tenían una ligera idea de lo que le ocurría, solo aquellos muy cercanos conocían la historia al completo, pero de entre ellos, uno y solo uno lo entendía .
A veces, pasas por miles de cosas que te marcan, que te afectan y te forman como persona. La vida te plantea problemas, dudas y situaciones desagradables. Y nunca sales de ellas igual que entraste, cambias, es cierto.
Por algún extraño motivo, pasamos gran parte de nuestra vida buscando un amor ideal. Vamos hallando principios de él, que acaban haciendo daño, y poco a poco te hacen perder las ganas de seguir buscando.
Aun así parece ser que sí, somos el único ser vivo capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Y cada vez que caemos, nos cuesta mas volvernos a levantar. Hasta que llega alguien que te da su mano, te ayuda a ser fuerte, te devuelve las ganas de luchar y vuelves a creer en la fuerza del amor.
-Mira, ¿ves eso? Son ardillas, ¡se parecen a ti! –Soltó una carcajada y miró dulcemente a Bea.
Ella le miró agresivamente, y giró la cabeza en señal de sentirse ofendida.
-¡Y tu eres un cerdo!
-No te enfades pequeña, si ya sabes lo mucho que te quiero.
Bea giró la cabeza lentamente hacia él mientras le iba miraba de reojo. –Creo que esto solo se puede arreglar con un reloj nuevo…
Él sonrió, e hizo una leve mueca –No sería mejor… ¿un beso?-Su mirada se volvió seductora y se acercó poco a poco a ella. Que al enfadarse con él se había alejado hacia el extremo derecho del banco.
Pareció volverse cariñosa, cambiar de expresión. Dejó que Héctor se acercara. Cuando su boca estaba a tan solo unos centímetros de la suya, dijo firmemente
-No.
El chico abrió los ojos instantáneamente. – ¿No? ¡Te vas a enterar mocosa!
La rodeó con sus brazos y comenzó la guerra de cosquillas. Sabía cada punto débil que ella tenía. Se conocían desde pequeños, no había secretos entre ellos.
Bea y Héctor eran la pareja perfecta. Iban a aquel parque de vez en cuando para pasar la tarde. Habían ardillas saltando de árbol en árbol, patos en el estanque, y cuando hacia un poco de viento, el sonido de las hojas, les hacia acercarse mas y ella se acurrucaba en sus brazos.
En su banco, suyo y de nadie mas. Era como un sitio reservado especialmente para ellos, y es que la pareja tenía una extraña pasión. Paseaban por toda la ciudad buscando bancos. Era raro, cierto. Pero nunca nadie podría imaginarse los lugares tan esplendidos en los cuales un pequeño, grande, viejo o nuevo banco estaba ubicado. Vistas preciosas de valor incalculable. Cada uno de aquellos bancos estaba marcado. Un corazón grabado en el respaldo era símbolo del amor que había entre ellos dos. Nadie conocía su relación, ni si quiera ellos sabían que eran exactamente. Se querían y eso era suficiente. Habían encontrado algo que les gustaba hacer juntos y pasaban todo el tiempo que les era permitido

jueves, 1 de marzo de 2012

Un beso


Recientemente recordé una historia que me contó un amigo sobre un beso. Un beso de los que se recuerdan por la complejidad de su significado. Un beso que escondía un incierto final para una historia de amor con un destino claro desde su inicio. Ocultaba una verdad difícil de sobrellevar, una verdad incómoda. Porque no todos los enamorados están destinados a ser felices juntos para siempre. Porque existen fuerzas extrañas que actúan sobre las personas continuamente, y no siempre tienen buenas intenciones. Y así viene siendo la historia de un beso que sé que mi colega recordará para siempre, porque besos se dan muchos, pero un beso como aquel, de una persona con la que hubiera tenido algo distinto, representaba lo que siempre hubiera querido, representaba lo que siempre hubiera deseado. Y la dejó escapar.
Cuando empieza a contar su historia, noto que su mirada acababa en un infinito aparentemente lejano de su recuerdo, y se va desvaneciendo entre todas las cosas que nos rodean. Las mesas y las sillas de la terraza, el jardín mal cuidado que abraza junto a los maceteros la entrada de la cafetería, alguna que otra palmera en medio de la plaza clásica del pueblo y un par de piñoneros guardianas del lugar que datan de tiempos desconocidos para nosotros. Los coches y motos cortan continuamente conversaciones ajenas, sin embargo no interfieren en los recuerdos de mi amigo. Nada parece tener importancia para él, tan inmerso en sus recuerdos, me hace sentir por momentos que estoy solo allí sentado con mi café. Luego de algunas caladas de un cigarro casi consumido, de repente, comienza a hablar. Me dice lo cobarde que fue. Me explica lo que habría sido para él mantener una relación con ella, los cambios que hubiera aplicado a su vida, la felicidad que sin duda le habría aportado. Yo por mi parte intento rebatir su desánimo inicial exponiéndole lo que ha conseguido en su vida. Una mujer maravillosa, un hogar acogedor, una vida equilibrada, un trabajo con futuro. Me mira y asiente a mi réplica y se muestra un poquito aliviado. Entonces me cuenta que se conocieron gracias a una enrevesada combinación de amistades. Ella era la novia del amigo que un amigo les presentó hacía no mucho. No recordaba haber sentido un flechazo al uso (de esos que te parten el corazón, y lo notas), aunque sí matiza que desprendía una energía inhabitual en el tipo de personas que solía conocer. Era sin duda diferente a los demás. Al poco tiempo de conocerla, ella termina su relación, aunque los motivos de la ruptura los origina su colega y no ella. A partir de ahí, una serie de mails y cartas entre ambos fortalecen su amistad dándole un grado más. Él intenta aliviar su pena, ella intenta comprender los motivos. Se fue creando un vínculo muy bonito entre ellos. Las palabras de consuelo dejaron paso a otras estimulantes. Luego de poquitas comunicaciones, caen en la cuenta de que prácticamente sin conocerse habían sido capaces de hablar de sus temores, de sus pasiones, de sus sentimientos. Entre líneas leían perfectamente lo maravillosamente que uno complementaba al otro.

Mi amigo cuenta que vino sin querer, porque como él mismo dice,- cuando estás ante una persona especial, de esas que merecen la pena, te das cuenta enseguida, y no quieres que se acabe nunca-.
Aquellos fueron días en los que recibir correo se había convertido en lo más deseado por ambos.

Era el principal motivo por el que vivir un día más, hasta que al final deciden quedar. Deciden sentirse el uno al otro. Deciden que tienen que comprobar que los sentimientos adjuntos a las palabras leídas son reales. Mi amigo me insistió que se encontraba nervioso, hasta puede que tuviera miedo. Tenía dudas. Me comentó que no tenía claro como canalizar la avalancha de sensaciones que ella le provocaba. Entonces decidió comenzar por el principio. La llevó al pasado en una visita a un lugar sagrado y cargado de historia personal. Un lugar que había supuesto para mi amigo el principio de todo, la ecuación relativa cuya resolución era él mismo. Un lugar que conservaba entre sus paredes la infancia y adolescencia suya. Un sitio abarrotado de aventuras, de felicidad, de odio, de entrega, de esperanza. El único lugar dónde sentía que todo lo que allí aconteciera tendría su propio eco para siempre en sus recuerdos. Y desde dónde crees escuchar y sentir la montaña, desde dónde consigues ver al sol por duplicado, en aquel rincón especial que tantas veces había visto a mi amigo ocultarse de la vida, ella se abalanzó sobre él y le dio un beso.
Aquel beso no solo era una muestra de cariño, una muestra de amor. Era un beso de comprensión, de empatía. Era un beso de aceptación. El inicio de algo hermoso en un lugar hermoso. En aquel rincón mágico, bajo un árbol en cuyas ramas revoloteaban alegres unos gorriones, el silencio se mezclo con sus sentimientos y forjó un recuerdo que duraría para siempre.
Y yo me quedo pensando que así es mi amigo. Un tipo capaz de agregar a sus mejores recuerdos un cierto tono de melancolía y tristeza para convertirlos en pilares fundamentales en los que basar sus sentimientos. Y se rige por ellos. Porque es fiel a lo que cree. Es uno de esos tipos con los que nos gusta pasar el tiempo. Y cuenta que todos tus principios son una mera ilusión, que una vez te llega una chica y te demuestra que el amor es mucho más fuerte que cualquiera de tus convicciones, te enseña que siempre es posible mejorar, te enseña cómo crecer hacia dónde quieres, cómo luchar contra tus miedos. Te enseña lo importante en la vida que es amar, respetar a quienes quieres. Te enseña que hay que ser consciente de lo que ocurre, de lo que te ocurre en el interior, y que tienes que serte fiel. Tienes que ser honesto contigo mismo.
Entonces, allí sentado en la terraza, descubro que me he quedado solo, y caigo en la cuenta de que nunca he estado acompañado.












sábado, 24 de diciembre de 2011

Dar, la mayor alegria.

Un amigo mío llamado Pablo recibió un automóvil de parte de su hermano como regalo de Navidad. En Nochebuena cuando Pablo salió de su oficina, un pilluelo estaba caminando alrededor del flamante auto nuevo, admirándolo. "¿Es este su auto señor?" preguntó.
Pablo asintió. "Mi hermano me lo regaló por Navidad."
El joven estaba asombrado.
"¿Quiere decir que su hermano se lo regaló y que no le costó ni un centavo?, vaya, ya quisiera…" Vaciló.
Claro que Pablo sabía lo que deseaba. Deseaba tener un hermano como el suyo. Pero lo que el muchacho le dijo sacudió a Pablo hasta sus talones.
"Desearía," continuó el chico, "poder ser un hermano como el suyo". Pablo miró al muchacho sorprendido, e impulsivamente añadió, "¿Te gustaría dar una vuelta en mi auto?"
"Claro que sí, me encantaría". Luego de un corto paseo, el jovencito se volvió y con los ojos encendidos, dijo, "Señor, ¿le importaría manejarlo frente a mi casa?"
Pablo sonrió ligeramente. Creyó saber lo que el mozalbete quería. Quería mostrar a sus vecinos que podía llegar a casa en un gran automóvil.
Pero se equivocó nuevamente. "¿Podría detenerse donde están esas dos gradas?" preguntó el muchacho. Subió los escalones.
Pronto Pablo lo oyó regresar, pero no venía rápido. Estaba cargando a su pequeño hermano lisiado.
Lo sentó al final de la grada, luego como que lo giró para que pueda ver el auto.
"Ahí está amiguito, como te dije adentro. Su hermano se lo regaló por Navidad y no le costó un centavo. Y algún día yo te voy a regalar uno igual a éste…así podrás ver todas las hermosas cosas en las ventanas navideñas que te he estado tratando de describir."
Pablo salió y levantó al muchachito y lo sentó en el asiento delantero de su auto. Luego su hermano mayor subió atrás y los tres empezaron un gran paseo navideño.
Esa Nochebuena, Pablo aprendió lo que Jesús quería decir cuando dijo, "Hay mayor alegría en dar…"
Dan Clark

domingo, 11 de diciembre de 2011

El Príncipe del Palacio de Cristal

Un pueblo en el mundo que era tan pequeño que no aparecia en ningun mapa existente.
En ese pueblo vivian pocas personas y una de ellas era Astartea. Una joven chica que vivia
con sus padres y trabajaba en los labores del campo desde las tempranas horas del dia. Iba a
buscar agua al rio, a recoger el poco ganado de ovejas que tenian, moler el trigo, etc.
La primera comida que tendra sera al mediodia cuando el sol estaba demasiado alto como para
poder trabajar, pero a ella le gustaba. No le importaba trabajar junto a sus padres.
Por los atardeceres era cuando tenia unas pocas horas de tiempo libre para ella sola que las
aprovechaba para ir a pasear o ir al lago del bosque que solo ella conocia para ir a dibujar. Hoy
se decidio por lo segundo y despues de llevar la leche a la granja vecina cogio sus utencilios de
dibujo y emprendio su camino.
Atravesaba algun que otro sendero y el campo de trigo antes de adentrarse en un bosque
cercano. Escuchaba el agradable silencio y los suaves sonidos del crujir de las ramas y algun
que otro sonido de los animales.
Se abrio paso atravez de unas hierbas y arbustos hasta llegar al lago cuyas aguas eran
cristalinas a pesar de no ser muy grande. Estaba rodeado de arboles y solo Astartea conocia
el camino. Se sento en un pequeño sitio despejado y extendio la manta cerca de la orilla. Se
sento y abrio el blog en donde en la hoja ya se vislumbraban algunos bocetos bases del lugar;
cogio el lapiz y siguió en donde lo habia dejado.Primero por el lago, las plantas...
Mientras su mano se movia sobre el papel se evadia, se relajaba y se encontraba en una
especie de ensueño.
Comenzo luego por el fondo al terminar el primer plano y ahi vio un brillo. Miró mejor ya que no
estaba segura de lo que veia pero volvio a aparecer. Entre las hojas un brillo en el que no se
habia fijado antes.
Se levanto y arreglo su falda antes de dar unos pasos indecisos a esa direccion. Miro el sol y
calculo que aun tenia tiempo suficiente antes del anochecer. Dejo sus cosas donde estaban
y emprendio el cmaino hacia el brillo. No conocia los alrededores pero tenia la seguridad de
no perderse por lo cual se adentro poco a poco. Cuando, atravez del espeso lugar lleno de
arboles, arbustos y demas, logro salir quedo maravillada por lo que veia. Ante ella se levantaba
un gigantesco castillo con fachada y decoracion antigua y las paredes no eran de piedras,
no de ladrillos ni de ramas. Todo era de cristal tan puro como el aire mismo. En un instante
Astartea recorria los alrededores mirandolo todo con su rostro en mezcla de asombro, maravilla
y curiosidad.

Se acerco a lo que aparentaba ser la entrada y probo si lograba entrar y dehecho lo consiguio.
La puerta se abrio y Astartea entro con cuidado.
-¿¡Hay alguien!?- llamó unas cuantas veces pero la unica respuesta era su propio eco. Suspiró
y volvio a la puerta la cual por su espanto no se abria. Seguia intentandolo, pensando que
unicamente se habia atascado.
-No podras salir.-
Una voz resono a su espalda.-
Astartea, con cierto temor, incomodidad y malestar no se atrevia a darse la vuelta. Temblaba
ya que tenia la certeza de que algun problema le vendria encima si la confundieran con una
ladrona. Volvio poco a poco encontrar su voz y se disculpaba aun sin mirar. Contando de su
curiosidad y su problema de no poder volver a salir.
Miraba con firmeza la pared de cristal en el que vio el reflejo de la persona que se encontraba
detras de ella. Se asombro que tenia mas o menos su misma edad. Era unos centimentros mas
alto que ella y un pelo rubio y largo recogido en una trenza que caia por su hombro izquierdo.
Un lazo azul lo mantenia unido. Los ojos eran de colo jade y mostraban cierta frialdad al igual
que su rostro completo. Otra cosa que resaltaban eran sus oidos, puntiagudos y ligeramente
alargados.
-¿Que haces aqui dentro?¿Quien eres?-
Al final Astartea dejo de mirarle y se gira hacia el y con temor repite lo susurrado anteriormente.
-¡No me importan tus razones, Astartea!- la voz resonaba tan fria como su apariencia. -Pero no
te metas en mi camino, no quiero verte por aqui.-
Y siguio su camino sin explicar nada a la joven chica quien andaba perdida en el gran hall
de entrada. Dejo de intentar abrir la puerta y comenzo a mirar a su alrededor y a medida que
avanzaba podia notar las grandes dimenciones de la casa. En el pasillo del piso superior logro
ver una placa en la pared en la cual decia:
"Maldito este castillo junto al principe
maldito aquel quien ose acompañarle
y que viva sin fijo lugar por toda la eternidad"
Al terminar de leer el texto se arrodillo, riendo y al tiempo llorando. Esto, lo que ocurria no podia
ser algo real. Era imposible, ella no podia permanecer eternamente en este castillo ni tener que
ver a esa desagradable persona cuyo nombre aun no conocia. Se levanto y comenzo a mirar
por las habitaciones, secandose las lagrimas.
Le agrado una que le parecia reconfortable y decidio quedarse con ella mientras tendria que
permanecer aqui. Luego bajo las escaleras y sentia como le rugia el estomago. Era la hora
de comer y tenia hambre pero no sabia por donde ir ni a quien preguntar. En este entonces el
desconocido se asomo por una de las habitaciones del pasillo inferior.
-El comedor es aqui.-
Astartea queria darle las gracias mientras entraba en el comedor , pero al verle en una esquina,
apartado decidio no decir nada. En otra mesa habia un segundo plato y se sento ahi y comio.
Nunca antes habia probado semejante cosa. Era deliciosa.
-¿Como te llamas?- Intentaba comenzar un dialogo para conocer al misterioso joven. Esta la
miro y recogio su plato.
-Devion-
Desaparecio instantes despues y Astartea decide ir a buscarle, llamandole por su nombre por
toda la casa.
Paso asi casi un cuarto de hora hasta que este aparecio furioso con la voz mas fria que antes y
la golpeo contra la pared con una fuerza inmensa.
-¡He dicho que no me molestes!- su voz era alta y profunda -¡Cállate de una maldita vez!-
Se aparto y desaparecio detras de una de las puertas.
Astartea tosio varias veces al tiempo que se desplomo en el suelo, de rodillas, por el susto y el
dolor. Temblaba y unas cuantas lagrimas llenaban sus ojos mientras se levantaba y volvia a la
habitacion que le habia gustado antes. Cerró la puerta detras de ella y cuando se iba a recostar
en la cama encontro tres rosas rojas. Estaba sorprendida. De Devion no podian ser por lo cual
se pregunto si habia una tercera persona en este extraño lugar. Decidio que investigaria al
dia siguiente ya que ahora solo deseaba dormir. Dejo las rosas en un jarron y se acosto en
el agradable colchon y a causa del cansancio no tardo en caer dormida. En sueños veia a su
familia y soñaba que encerrada en ese castillo no volveria a verlos jamas. Sollozo en sueños y
se sentia sola y perdida.
Sintió a continuacion un repentino pero agradable calor en su interior y unos labios sobre los
de ella quienes susurraban su nombre con delicadeza mientras la acariciaba por el pelo con
intentos de apartar sus pesadillas.
No sabia si se encontraba soñando o despierta, pero desperto al sentir los tiernos labios de
nuevo. Solo conseguia ver una silueta en la oscuridad la cual se alejo al instante que habia
notado que habia abierto los ojos. Se seco las lagrimas y encendio las luces pero ya no habia
nadie, solo una rosa al lado de su almohada.

Se levantó de la cama y se descalza salió al oscuro pasillo, sintiendo apenas el frio suelo
cristalino bajo sus pies. Miró a ambos lados y al fijarse mejor logra ver una silueta a pocos
metros de ella y que la observaba, con cuidado se acercó un paso.
-¿Quién eres?-
La silueta le giró la espalda y se desvaneció entre las sombras. Astartea estiró la mano pero
en vano, el desconocido no se detuvo.
Suspirando pero con un extraño pero agradable bienestar volvió a acostarse y no volvió
a despertarse hasta la mañana siguiente, cuando alguien había tocado en su puerta para
despertarla.
Se levantó y se refrescó el rostro en el baño contiguo a la habitación antes de ir al comedor.
Devion ya se encontraba en él y tenia en esta ocasión el pelo abierto y como de costumbre se
sentaba lejos del plato de la chica.
Esta se sentó y en silencio comenzó a comer pero cuando acabó preguntó:
-¿Hay alguien más aqui aparte de nosotros?-
Le miro con expresión interrogante y esperó una respuesta que no venia. devion se levantó
y se fue, en su acostumbrado silencio. Pero esta vez Astartea le seguia, aunque a cierta
distancia recordando su reaccion el dia anterior y manteniendo esta distancia volvió a
preguntar:
-¿Por qué no me respondes?-
Le miró y este le devolvio la mirada con la gelidez de siempre . Instintivamente, Astartea, dió
un paso atras antes de volver corriendo a su cuarto. Estaba enfadada por el hecho de no lograr
encontrar la persona a quien le pertenecian los labios de la noche. Suspiró y caminó por toda la
habitacion, buscando una solución que no le queria venir a la cabeza.
Más tarde intentó nuevamente abrir la puerta de la salida pero era imposible, no se movia ni un
centimetro.
Aburrida decidió buscar a Devion y observar como se pasaba él el tiempo del día. Le encontró
sentado en uno de los sofás de la biblioteca con un libro entre sus manos. Se sentó algo mas
apartada y contemplaba como se comportaba, luego seguía por la casa y Astartea siempre se
encontraba detras de el, con prudente distancia, a escondidas. Al ver a Devion en diferentes
actividades, algunas sin duda extrañas, se preguntaba que tipo de ser era él.
Cuando se iba acercando la hora del almuerzo el jóven desapareció en la cocina y en el rostro
de Astartea apareció una leve mueca de asombro. Las comidas deliciosas de todos los dias las
preparaba él. Estaba maravillada y cogió algo de valor, entró en la cocina en donde el hermoso
cocinero se había recogido el pelo para estar mas cómodo. Se quedó quieto al verla, pero no
dijo nada. La voz tímida de la chica interrumpio el silencio.
-¿Te...puedo ayudar?-
Por la sorpresa de ella, él asintió. Le señaló en donde se encontraban las cosas y que era lo
que tenia que hacer, parecia que por un tiempo era otra persona completamente diferente y no
el habitual bloque de hielo con dos piernas.
Se estaba comenzando a preguntar si por casualidad tenia un hermano gemelo pero no se
atrevió a preguntar, al igual que no se atrevia a preguntar si por alguna remota casualidad
habia sido el quien la habia besado.
Cuando se sentaron para comer se fijó en sus labios y no veia muy real que el la pudiera
haber besado. Aunque eso sí, tenía que aceptar que a pesar de su frialdad era hermoso, muy
hermoso.
La comida tenia un sabor delicioso como siempre y cuando levantó la vista del plato para
fecilitarle ya no estaba. No se habia percatado de su ida, suspirando recogió con rapidez sus
cosas antes de correr a donde se encontraba el cuarto de Devion.
Con cuidado entreabrió la puerta para ver a su interior y se horrorizó ante la imagen que se le
mostraba.
Devion se encontraba revolcando y enocgiendo sobre la cama al tiempo que salian de él
gritos desgarradores. Su rostro mostraba la mas profunda de las agonias y dolor, el cuerpo se
encontraba llenos de arrañazos nuevos y antiguos, causados por el mismo en aquella especie
de locura.
Se adentró un paso, sintiendo pena, tristeza y dolor. al verle asi se olvidaba completamente de
su frialdad y solo pensaba en ayudarle.
-De-vion- susurraba mientras entraba. El chico se giró su vista hacia ella pero la ignoraba,
girtandole con voz aguda.-
-¡Vete de aqui!- dolor acompañaban sus palabras.
La chica se negó, no queria irse. Deseaba ayudarle e intentaba recordar las recetas
medicinales de su madre. Fue corriendo a buscar agua fría, un paño y comenzó a arrancar tiras
de tela de su traje. Se sentó a su lado e intento tranquilizarle con cantos en susurro al tiempo
que apretaba el paño bañada en agua fresca en su frente. Con los trozos de tela comenzo a
envendar sus heridas poco a poco.
Devion se encontraba ya algo mas tranquilo aunque su respiracion permanecia acelerada y su
cuerpo estaba manchado de sangre y sudor.
Cuando Astartea quitó la manta de su cuerpo sentía un pinchazo en su corazón. Las cicatrices
eran aun mas grandes y mas profundas.
Triste comenzó a lavar su cuerpo de la sangre, con mucho cuidado de no dañarle aun mas.
Cambió el paño que tenia en su frente y curó hasta la ultima de sus heridas. Al acabar volvió
a taparle y se sentó a su lado en una silla observando como su respiración iba controlandose
y como su rostro se mostraba mas relajado. Aparto con cuidado un mechon de su frente y
un extraño calor se expandío en su pecho. Devion era tan hermoso: sus ojos, los suaves
contornos de su rostro, sus finos y sonrosados labios...
Se sonrojó y recordó el beso y por primera vez pensaba que no podría ser tan equívoco la idea
de que los labios de aquella noche le pertenecieran a él.
Dulcemente los repasó con la punta de su dedo sintiendo la tibieza y suavidad antes de retirar
avergonzada la mano. Ahora no tenia tiempo de pensar en cosas tan poco importantes como
esas y para despejar su mente volvio a la cocina para refrescar el paño y ponerlo con frescura
nuevamente en su frente.
Al estar ya segura de que estaría mejor se fué a prepararle algo para comer e hizo una sopa de
verdura la cual subió a su cuarto. Devion se encontraba ya despierto cuando entró e intentaba
sentarse pero Astartea le detuvo.
-No deberias levantarte todavia.- Aún le temia un poco pero se asombró de que le huibiera
obedecido. Se sentó a su lado y poco a poco le daba cucharadas de la sopa hasta acabar.
Devion apartó la mirada.
-¿Qué te ha pasado?-
Astartea esperaba interesada pero en un primer instante la respuesta no venia.
-Solo te contestaré si en primer lugar tu me respondes a una pregunta.- dijo sin mirarla -¿Por
que me has ayudado?-
La joven jugaba algo nerviosa con sus dedos.
-Yo, yo no deseo que nadie sufra dolores. Yo podia ayudar y...queria ayudar...- No supo que
mas decir cuando él comenzo a hablar.
-Mi cuerpo no siempre resiste la soledad, la inmortalidad.- susurró aun con la vista apartada de
Astartea. -me lo merezco. Es mi castigo justo.-
-¿Tu castigo para qué? Nadie merece sufrir asi...-
La miró. Viendo en los ojos de la joven la preocupacion y el dolor que sentia por él y de repente
comenzó a sentir algo desconocido que solo habia sentido una vez antes. En la noche al
escuchar los llantos de ella y cuando habia ido a tranquilizarla, a besarla...
-He ignorado sentimientos ajenos- desvió su mirada al techo ignorando el aun leve dolor
palpitante de sus heridas -He jugado con los sentimientos de los demas y una de ellas, una
de las chicas que habia seducido, habia sido una bruja. Lo descubrí demasiado tarde. Es mi
castigo justo.-
Astartea le miraba, lagrimas habian descendido por sus mejillas, negando.
-Yo-Yo te ayudaré a escapar. Yo...yo no quiero que sigas sufriendo así por mas tiempo.-
Devion la miraba con cierta confusión. Él la habia tratado desde un princpipio con frialdad pero
en cambio ella le parecia comprender desde lo más profundo de su alma. Volvió a sentir calor
en su pecho y llevó su mano hacia ahí.

La joven al ver que habia llevado su mano al pecho pensaba que le dolia y quiso mirarlo pero
Devion extendio su brazo hacia el de ella, la cogió con cuidado por la muñeca y la atrajo hacia
él. Astartea entre sorpresa y nervios notaba que se acercaba a él y cerró los ojos al instante
temiendo que la dañara nuevamente, pero sintió sus labios sobre los de ella. La misma calidez
que habia sentido por la noche volvia a recorrerla, los mismos labios suaves volvieron a unirse
a los de ella. Los reconoció al instante y correspondió.
Devion la miro despues del beso y quedo callado. Astartea bajó la vista en silencio tambien,
sin saber que decir. Se levantó y recogio las cosas antes dedirigirse junto a la puerta.
-No te vayas, por favor.-
La chica se detuvo y con una sonrisa le miro. Ella no le dejaria solo, no podia hacerlo porque le
amaba.
-No me iré Devion.-
Volvio instantes despues a su habitación cuando él ya se encontraba dormido. Se sento a su
lado y tomo su mano con suavidad entre las suyas.
A la mañana siguiente Devion se desperto y encontro a Astartea sentada y dormida
profundamente sobre la silla, con su mano entre las suyas y con un rastro de ternura en su
rostro. Él no podia permitir que ella se quedara atrapada en este infiernom tenía que volver con
su familia. Se levantó en silencio, ingnorando el dolor y la cogió en brazos y caminó hacia la
puerta de entrada.
Miró hacia el paisaje del exterior y abrió las puertas con cuidado y a pesar de que él no podria
dar paso afuera, ella si podia volver. La recosto frente la puerta antes de cerrar esta de nuevo.
Astartea abrió los ojos al sentir la humedad de la hierba junto a su piel, justo en el instante en el
que el castillo desvanecá ante ella con Devion en su interior. Gritó y lloró mientras se levantaba
con rapidez al ver la exprecion de ternura en el rostro de su amado. Daba golpes contra los
cristales mientras le llamaba, suplicandole que la dejara entrar. De los ojos de Devion tambien
descendieron lagrimas mientras sus labios se movierons formando dos palabras que Astartea
no dudó en reconocer. “Te amo” y el castillo desvaneció.
Astartea quedó de rodillas en el suelo sin saber que deberia hacer ahora. Ella deseaba estar
con él y ya no tanto con sus padres. Con gran pesar volvia el camino al lago y encontró el
antes tan conocido entorno completamente diferente. Extrañada y temerosa comenzó a correr
a donde deberia estar su pueblo pero solo encontraba casetas vacias enterrados bajo ramas,
raíces y arbustos. Lo habia temido, con pasos temblantes volvió al lugar donde habia estado el
castillo. El tiempo en esta realidad había transcurrido con mucha mas rápidez y se encontraba
ahora en soledad.
Lloraba, pidiendo que Devion volviera pero no volvía. Miraba su alrededor y encontro en el
suelo un trozo de cristal perteneciente al castillo. Extendió su mano cogiendolo con cuidad,
acariciando su superficie suavemente y luego, sin vacilar ni un instante se lo incrustó en su
pecho. Un grito ahogado escapo de sus labios y al sentir el eterno sueño envolverla una
sonrisa adornó su rostro. Se desplomó y cerró sus ojos para siempre.
500 años mas tarde el castillo reapareció nuevamente y Devion recordaba con tristeza y
nostalgia aquel lugar. Se dirigió a la puerta de entrada y a sus afueras logro vislumbrar una
realidad que no quería aceptar. Un árbol cuya forma del tallo mostraba a la joven y a los pies
del tallo habia tirado un collar que reconoció enseguida.
Las lagrimas salieron con fuerza de él sin desear asumir lo que habia ocurrido. Abrió las
puertas sin pensar y salió afuera. Gritos de espantoso dolor desgarraron el silencio del bosque
mientras el se acercaba con pasos lentos al árbol y rodeó con sus brázos debilmente el cuerpo
tallado en la madera como su fuera márfil. Su propio organismo comenzaba a morir pero ya no
le importaba. Besó los labios de ella y cerró sus ojos en este enlace.
Una lágrima que Devion no llegó a ver descendió del ojo de la chica inmovil antes de que
ambos corazones, el de él y el de ella dentrl del árbol, dejaron de latir.

sábado, 26 de noviembre de 2011

El Precio de la venganza(Rosario)

Me acuerdo de lo nerviosa que estaba ese día. ¡Y con razón lo estaba! Sabía perfectamente que el Sr.Alfredo Juárez Lynch era un hombre con mucho poder y si las cosas salían mal, de seguro sus amenazas terminarían por cumplirse.

Tenía una mezcla de sentimientos: un miedo que no me dejaba dormir y un ansia incontenible de venganza, o mejor dicho, justicia. Si bien era cierto que el haber limpiado, planchado y cocinado durante tantos años había despertado en mí cierto cariño por mi patrón, lo que pasó esa trágica mañana borró todo rastro de afecto.

En ese entonces, yo era una muchacha ingenua, llena de ilusiones y entusiasta que admiraba al gran hombre al que servía. Y es que el Sr. Juárez Lynch, debo reconocerlo incluso hoy, era un hombre muy trabajador, su vida entera giraba en torno a sus negocios vitivinícolas que lo tenían siempre de acá para allá, de Buenos Aires, para acá para San Rafael. Era un hombre amante de la lectura en sus ratos libres, respetado y que contaba con importantes contactos. Por eso, quizá nunca se había interesado en formar una familia. Por eso quizá –pensaba yo ingenuamente- me miraba a veces con ojos de padre.

Nunca me imaginé lo que pasaría esa mañana del 21 de septiembre. La casa estaba vacía y yo estaba limpiando el escritorio donde el patrón siempre leía sus novelas. En eso, escuché unos histéricos pasos que venían del pasillo. Antes de que alcanzara a darme vuelta para ver quién era, la llave de la puerta había dado dos vueltas. Era el Sr. Alfredo.

- Rosario, ¡Feliz primavera! – dijo el Sr. Alfredo extrañamente sonriente, dándome una bonita rosa.

- Se….Se…Señor Alfredo, ¡qué susto me hizo pegar! No lo esperaba a esta hora. Bueno, este…gracias por la rosa, pero…no tendría por qué haberse molestado. – dije, agachando la cabeza avergonzada.

- Vamos, Rosario…Con lo duro que trabajaste durante tanto tiempo, nunca te recompensé como te lo merecés. – dijo el patrón agarrando mi mano.

- ¡No diga eso Señor! Us…usted siempre ha sido generoso conmigo. – dije, temblorosa, intentando zafarme.

Pero el Sr. Alfredo apretó mi mano más fuerte. Su cara se transfiguró en cuestión de segundos. Tenía los ojos fijos, como un tigre acechando a una gacela y sonreía cínicamente. Ese hombre no estaba en sus cabales.

Desesperada, empecé a gritar, pero era inútil, no había un alma a esas horas. Él, ahora se mostraba muy tranquilo y hasta parecía disfrutar del espectáculo cada vez más, como si fuera espectador y no protagonista. Por último, se abalanzó sobre mí y me sometió.

Jamás volví a ser la muchacha ingenua que solía ser. Crecí de golpe. A partir de ese momento, desconfiaría de cualquier persona que se cruzara en mi camino y tendría un único propósito: vengarme para recuperar algo de la dignidad que perdí por ese mal nacido.

Esa misma tarde, empaqué entre histéricos llantos mis cosas y me marché de la casa. Me sentía totalmente vacía, miserable y, para peor, no sabía si Rubén, el muchacho con el que noviaba en ese entonces, me aceptaría como mujer después de lo que había pasado. Se abría un infierno de incertidumbre delante de mí y no creía poder soportarlo por mucho tiempo.

Recuerdo que pasé unos días en la casa que cuidaba mi novio, con sus padres y su abuela. Todos me trataban de maravillas, menos el propio Rubén. De a ratos, fingía que me quería, pero luego su mirada permanecía fija en un punto al azar. Se veía realmente triste y pensativo. Siempre que pasaba eso, lo abrazaba y lo cubría de besos; pero él me apartaba y escondía su cabeza entre sus manos. ¿En qué estaría pensando en ese momento? Mis ilusiones de ser o por lo menos intentar ser feliz junto a él, estaban cada vez más lejos. Y todo eso era por culpa de esa maldita mañana.

La semana siguiente, no recuerdo bien qué día, Rubén cebaba unos mates y conversábamos tranquilamente bajo un árbol. Entré a la casa a calentar más agua y en eso escuché dos caballos que se acercaban a todo galope. Me asomé a la ventana y observé cómo un paisano sujetaba a Rubén mientras otro lo golpeaba y le gritaba. Sólo alcancé a oír lo último que le dijo: “La próxima va en serio” mientras mi pobre muchacho se revolcaba en el piso de dolor. Los matones desaparecieron en un suspiro.

Rubén me explicaría más tarde que eran hombres mandados por Juárez Lynch y que planeaban matarlo si seguía conmigo. Tenía miedo y a partir de ese día comenzó a llevar una navaja en la cintura. Igualmente ambos supimos que teníamos que hacer algo, pero ¿qué podíamos hacer un pobre hijo de caseros como era Rubén y una muchacha débil como yo?

Fue entonces cuando empezamos a tener reuniones en el refugio, que antes de todo este asunto, usábamos con Rubén para desatar nuestra ferviente pasión. Era una cabaña que mi nueva familia nunca usaba porque estaba lejos de la casa, en el monte. Ahí planeamos durante semanas, cada paso que tendría que dar mi amado para ganarle de mano al siniestro Juárez Lynch, para eliminarlo por fin de nuestras vidas. Calculamos cada detalle, cada posible error y limitación en forma exhaustiva. Por supuesto que los no pocos años que había servido en casa de Lynch, hicieron las cosas más fáciles. Conocía cada habitación como la palma de mi mano, así como también los movimientos y los horarios. Debía entonces transmitirle mis -ahora preciados- conocimientos a mi Rubén.

Llegó finalmente nuestra última cita en la cabaña del monte. Ese día debíamos ensayar cada paso hasta el hartazgo. Cualquier error podía costarnos caro. Llegué primero a la cabaña, Raúl llegaría en cualquier momento. El corazón casi se me salía del pecho porque el día que tanto esperaba había llegado y faltaban apenas horas para que todo termine para bien o para mal. La angustia quizá no se iría del todo, pero por lo menos podría ser feliz junto al hombre que amaba. En realidad, a esta altura, no sabía si él lo haría para salvar su pellejo o en venganza por lo que Lynch me hizo. Probablemente, o al menos eso quería creer, era por ambas cosas. En eso, llegó Rubén, agitado como si hubiera corrido mucho. Tenía un corte profundo justo arriba del ojo y su cara estaba totalmente ensangrentada. ¡Pobre Rubén! Seguro los matones lo habían interceptado en el camino y le habían dado otra paliza por gusto. Conmovida, corrí a besarlo y a acariciarlo esmeradamente, en parte en agradecimiento a su infinito coraje y en parte también porque si las cosas no salían bien no volvería a verlo. Una vez más rechazó mis demostraciones. Su expresión era aguerrida y contundente.

- Repasemos todo por última vez – dijo mirando concentrado la secuencia escrita en el papel.

Mientras él leía, yo suavemente acariciaba su rostro aprovechando que estaba tan entretenido memorizando que no lo notaba.

Finalmente habíamos terminado el ensayo. El plan se pondría en marcha en apenas minutos. Estaba tan nerviosa, tan impaciente, que temblaba no sé si de miedo o de emoción. Llegó el momento indicado y corrí sola por la senda del norte sin mirar atrás. Esa fue la última vez que vi a Rubén.

Dicen las malas lenguas que nunca llegó a matar a Lynch, que se contentó con recibir un fajo de billetes y un trabajo fijo en Buenos Aires, con la condición de no volver a verme. Al fin y al cabo, resultó que el cobarde lo hacía por su pellejo.

PRO Vida

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