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martes, 9 de agosto de 2011

El Artista


Una tarde, le vino al alma el deseo de dar forma a una imagen del Placer que se posa un instante. Y se fue por el mundo a buscar bronce, pues sólo en bronce podía concebir su obra.
Pero había desaparecido el bronce del mundo entero; en parte alguna del mundo entero podía encontrarse bronce, salvo el bronce sólo de la imagen del Dolor que dura para siempre.
Era él quien había forjado esta imagen con sus propias manos, y la había puesto sobre la tumba de lo único que había amado en la vida. Sobre la tumba de lo que más había amado en la vida y había muerto había puesto esta imagen hechura suya, como prenda y señal del amor humano que no muere nunca, y como símbolo del dolor humano que dura para siempre. Y en el mundo entero no había más bronce que el bronce de esta imagen.
Y tomó la imagen que había formado y la puso en un gran horno y se la entregó al fuego.
Y con el bronce de la imagen del Dolor que dura para siempre esculpió una imagen del Placer que se posa un instante.

domingo, 7 de agosto de 2011

Aqui.Hoy


Ya somos el olvido que seremos.

El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora

todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas

del principio y el término. La caja,

la obscena corrupción y la mortaja,

los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra

al mágico sonido de su nombre.

Pienso, con esperanza, en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo

esta meditación es un consuelo.

sábado, 6 de agosto de 2011

Despues


Después. Siempre, después.
Después. Algún día, después.
Después borró sus fotos. Después lavó sus sábanas. Y, después, sólo después, encontró un pedacito de jabón que ella había dejado en la ducha.
Como en una historia leída hace algún tiempo, quiso deshacer el pequeño resquicio de su tacto. Deshacerlo como él se deshizo en los brazos de ella.
Y como no le quedaban lágrimas, lo puso bajo el grifo, y, muy lentamente, gota a gota, lo contempló desmaterializarse, hasta desaparecer sin dejar rastro alguno.
Muy lentamente, gota a gota.
Ocho años y cuatro días.
Lentamente, gota a gota.
Mientras, seguía lloviendo en Central Park, como si las nubes se
hubieran aliado con su ausencia.
Algún día dejará de llover, escuchó. Algún día, quién sabe.
Cesará la lluvia y sonará un piano.
Volverá una música.
Un puente.
Una historia.
Una ciudad.
Una avenida.
Una ventana.
Dos manos.
Después de la lluvia.

viernes, 5 de agosto de 2011

Los poetas y sus razones


A los poetas les suele sobrevenir a menudo, o de vez en cuando, crisis, angustias, sentimientos que provocan algún malestar espiritual en su persona. No cuento ninguna novedad, ciertamente. Ya decía el inefable Miguel de Cervantes, en su gran libro “Don Quijote de la Mancha”, lo siguiente: “… porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo estos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”.

Me viene a la mente la historia de la poetisa argentina Liliana Beatriz N’ Haus (1950-2002), que sufría, según un diagnóstico expedido en uno de los muchos sitios donde guardaba internación, de esquizofrenia paranoide crónica. Echada estaba su suerte, al parecer, con diagnóstico tan contundente, mas quiso la fortuna que corriendo el año 1992, luego de un tratamiento de doce meses con un terapeuta externo al sitio de reclusión donde se encontraba, se hiciera viable su ingreso al Instituto Bergman (Córdoba). ¿Por qué? Porque la denominación estigmatizadora de esquizofrenia paranoide crónica fue levantada considerando que se definió su cuadro psicológico como trastorno bipolar. Esto hizo posible que en Bergman ella iniciara un proceso de recuperación. Y fue así que la poesía, que estaba latente en ella, haya ido construyendo en su ánimo, en su psiquis, una nueva perspectiva del mundo y de los seres.

Una subjetividad distinta, muy distante, y ajena ya de aquella que la atormentaba y la llevaba a intentar a menudo suicidarse, empezó a operar en su organismo. Empezó a componer poemas. Su obra poética, escrita a partir del 2001 hasta el 2002, en que falleció víctima de un paro cardiaco, tuvo el poder de liberarla. A propósito, fue su hermano el proveedor de los libros que leía tan ávidamente. Su poesía poseía un tono de confesión, y era una suerte de análisis de la realidad que le tocó vivir a su familia, a la Argentina, al género humano y a ella.

Salvando las grandes diferencias, desde luego, quisiera detenerme a pensar en el gran poeta español Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura 1956, quien vivió una existencia marcada por frecuentes momentos depresivos y aislamientos. Cuando falleció su progenitor, se sintió acorralado por un cuadro depresivo agudo y se internó en un hospital mental francés (Burdeos), en 1901.

En 1957, el vate, sumido en la tristeza, la desesperanza, tras el fallecimiento de su esposa, cerró las puertas de su casa y de su existencia al mundo a esperar la muerte. Y ella llegó el 29 de mayo de 1958.

¿Cómo explicar esta conducta en alguien que escribió un canto a la ternura, a la vida, a través de uno de los libros más traducidos, o sea, “Platero y yo”? Ah…, los designios de la vida. Melancólico, lírico consumado, su obra poética sigue inspirando a miles de vates y lectores de todo el mundo.

El viaje definitivo

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón de aquel mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico.

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

Juan Ramón Jiménez

jueves, 4 de agosto de 2011

Historia de un Amor Imposible

Esta historia ocurrió hace muchos años. Todo empezó por un amor imposible.
Un buen día, Ana (la joven hija de un matrimonio rico y poderoso) salió a dar un
paseo por el monte. Allí se encontró con un hombre pobre que no tenía ni para comer.
Comenzaron a hablar y como habían simpatizado, quedaron en verse en el mismo lugar
al día siguiente. Y así fue. También al próximo día, y al otro, y al otro… Quedaron
todos los días en el monte, hasta que un día se enamoraron. Entonces él le dijo a ella
que entre ellos no podía haber nada debido a su diferencia de clase social, y que sus
padres no permitirían que se casara con un hombre pobre. Pero eso a ella no le
importaba porque lo amaba con todo su corazón, y a pesar de todo no quería dejar de
verlo y le pidió a él que lucharan juntos por su amor.
- Me niego a perderte. No puedo, ni quiero. Me enfrentaré a mis padres,
pero dame tiempo. Mientras tanto podemos vernos a escondidas, pero
no me dejes, te lo ruego- suplicó ella a su amor.
- Está bien- contestó él-. Yo tampoco quiero perderte. Nos veremos a
escondidas, pero tenemos que tener cuidado.
Durante mucho tiempo se vieron en el monte y allí disfrutaban de su amor. Hasta
que un día, el padre de Ana, extrañado de que su hija saliera todos los días a la misma
hora y tardara tanto, le preguntó:
- Hija, ¿dónde vas todos los días?- Dijo su padre, con curiosidad.
Ana quedó callada, y después de unos segundos, decidió confesarle su relación
con aquel hombre pobre, pero no sabía cómo decírselo.
- Papá… Si algún día me enamorara de un hombre pobre, ¿dejarías que
me casara con él?- Le preguntó ella, con miedo.
- ¿Qué tonterías son ésas, hija? ¡Jamás lo permitiría! Tú tienes que
casarte con un hombre de tu clase- dijo su padre, muy seguro-. ¿Por
qué me lo preguntas?
- Por nada, papá- le contestó ella.
Después de oír esa contestación, Ana no se atrevió a contarle la verdad. Salió del
despacho de su padre, bajó las escaleras que llevaban a la planta baja y salió de la
mansión donde vivían para dirigirse al monte, donde estaba su amor esperándola.
Mientras tanto, su padre, que se había quedado en su despacho mosqueado por la
pregunta que le había formulado su hija, llamó a uno de sus hombres y le ordenó que la
siguiera.
- Quiero que sigas a mi hija, pero sin que te vea. Cuando descubras
dónde va y con quién se ve vienes inmediatamente y me lo dices- le
ordenó el padre de Ana.
- Está bien, señor- le contestó su empleado.
Así pues, éste la siguió, y cuando llegó al monte y descubrió que se veía con un
hombre pobre del que estaba enamorada, volvió a la mansión y se lo contó todo al padre
de Ana. Éste quería buscar a su hija para matarla de la rabia que sentía en ese momento,
pero decidió esperar. Al día siguiente encerró a Ana con llave y él mismo se fue al
monte a encontrarse con el novio de su hija. Cuando llegó, le apuntó con su pistola y lo
mató. A su hija la casó con un joven de su misma clase y ella no era feliz. Al tiempo se
descubrió que estaba embarazada, y entonces su padre la encerró en los calabozos, y
cuando dio a luz, se llevó a la niña y la abandonó en el monte. La niña murió congelada
y poco después, la madre también murió, de pena.
Pasado un tiempo, el padre lo había olvidado todo, puesto que era un hombre sin
escrúpulos y no tenía corazón ni sentimientos. Hasta que una noche, sobre las 12 de la
madrugada, se despertó sobresaltado. Empezó a oír llantos, llantos de un bebé recién
nacido… Oía a su nieta llorando. Pensó que era producto de su imaginación y decidió
no darle importancia, pero a la noche siguiente, a la misma hora, volvió a despertarse en
la misma situación. El padre de Ana creía estar volviéndose loco, o también pensó que
era un castigo que dios le mandaba por el pecado que había cometido y decidió ir a un
médico. Pero no le sirvió de nada. Todas las noches, a las 12, oía al fantasma de su nieta
llorando, cada vez más, y pasado un tiempo comenzó también a escuchar gritos que
venían del calabozo, gritos que parecían los de su hija, cuando la encerró…
Desesperado, acudió a un profesional en fantasmas y espíritus, quien le dijo que
en su casa vivían el espíritu de su hija y de su nieta.
- Estuvo muy mal lo que hizo. Ahora vivirá atormentado por estos
espíritus. Yo que usted trataría de averiguar qué es lo que quieren- le
dijo el hombre muy seguro.
Así pues, esa misma noche, como todas, el padre de Ana se despertó a las 12,
oyendo los gritos de su hija y los llantos de su nieta. Decidido, se levantó, se vistió
rápidamente y se dirigió hacia el monte. Allí, se puso de rodillas y dijo:
- Por favor, ¿qué queréis? ¡¡Dejadme tranquilo por favor!!- Suplicó
desesperado el padre de Ana, sollozando, queriendo que los fantasmas
lo dejaran en paz.
Después de decir eso, de repente, apareció la imagen de su hija, la de su amor y
la de la hija de ambos, en el suelo, con el cuerpo congelado.
Al ver dicha aparición, el padre de Ana se suicidó, pegándose un tiro en la
cabeza, pero nunca apareció su cadáver.
Se dice que su hija quería que pagara por lo que le había hecho y que los espíritus se llevaron su alma.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Lo escrito se lo lleva el viento



El raso de las páginas de los libros que se hojean modela una mujer tan hermosa
Que cuando no se lee se contempla esa mujer con tristeza
Sin osar hablarle sin osar decirle que es tan hermosa
Que cuando uno está por saber no tiene precio
Esa mujer pasa imperceptiblemente entre un murmullo de flores
A veces se da vuelta en las temporadas impresas
Para preguntar la hora o mejor quizás finge contemplar atentamente las joyas
De un modo insólito en criaturas humanas
Y el mundo muere una ruptura se produce en los anillos de aire
Una herida a nivel corazón
Los diarios matutinos traen cantantes cuyas voces tienen el color de la arena en orillas tiernas y peligrosas
Y a veces los vespertinos dejan paso libre a cumplidas muchachitas que conducen fieras encadenadas
Pero lo mejor está en el intervalo de ciertas letras
Donde manos más blancas que el cuerno de las estrellas a mediodía
Saquean un nido de golondrinas blancas
A fin de que llueva para siempre
Tan bajo tan bajo que las alas no puedan entremezclarse
Manos por las que se asciende hasta brazos tan leves que el vapor de los prados en sus graciosas volutas sobre las charcas es un espejo imperfecto
Brazos que sólo se articulan al peligro excepcional de un cuerpo creado para el amor
Cuyo vientre llama a los suspiros desprendidos de las zarzas llenas de velos
Y que sólo tiene de terrestre la inmensa verdad de hielo de los trineos de miradas sobre la extensión absolutamente blanca
De lo que no veré nunca más
A causa de una venda maravillosa
Que es la que utilizo al jugar al gallo ciego de las heridas

martes, 2 de agosto de 2011

EL Hacedor del Bien



Era de noche y estuvo Él solo. Y vio desde lejos las murallas de una
vasta ciudad y se acercó a ella.
Y cuando estuvo muy cerca oyó el jadeo del placer, la risa de la
alegría y el sonido penetrante de numerosos laúdes. Y llamó, y uno de los
guardianes de las puertas le abrió.
Y contempló una casa construida con mármol y que tenía unas bellas
columnatas de igual materia en su fachada, y sus columnatas estaban
cubiertas de guirnaldas y dentro y fuera habla antorchas de cedro.
Y Él penetró en la casa.
Y cuando hubo atravesado el vestíbulo de calcedonia y el de jaspe y
llegó a la gran sala del festín, vio acostado sobre un lecho de púrpura a
un joven con los cabellos coronados de rosas rojas y con los labios rojos
de vino.
Y se acercó a él, le tocó en el hombro, y le dijo:
-¿Por qué haces esta vida?
Y el joven se volvió y reconociéndole contestó:
-Era yo leproso y tú me curaste. ¿Cómo iba yo a hacer otra vida?
Y algo más lejos vio una mujer con la cara pintada, y el traje de
colores llamativos, y cuyos pies estaban calzados de perlas. Y detrás de
ella caminaba un hombre, con el paso lento de un cazador y llevando un
manto de dos colores. Y la faz de la mujer era bella como la de un ídolo y
los ojos del joven centelleaban cargados de deseo.
Y Él le siguió rápidamente. Y tocándole en una mano, le dijo:
-¿Por qué sigues a esa mujer y la miras de esa manera?
Y el joven se volvió, y, reconociéndole, respondió:
-Era yo ciego y me devolviste la vista. ¿Cómo iba yo a mirarla de
otra manera?
Y Él corrió hacia adelante, y tocando el vestido de colores chillones
de la mujer, dijo:
-Ese camino que sigues es el del pecado, ¿por qué lo sigues?
Y la mujer se volvió y le reconoció. Y le dijo riendo:
-Me perdonaste todos mis pecados y este camino que sigo es agradable.
Entonces Él sintió su corazón lleno de tristeza y abandonó la ciudad.
Y cuando salía de ella, vio por fin, sentado al borde de los fosos de
la ciudad, a un joven que lloraba.
Y se acercó a él, y tocándole los rizos de sus cabellos, le dijo:
-¿Por qué lloras?
Y el joven alzó los ojos para mirarle, y reconociéndole, respondió:
-Estaba yo muerto y me resucitaste. ¿Qué iba yo a hacer más que
llorar?

PRO Vida

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